"Si luchas, puedes perder. Si no luchas, estás perdido".


domingo, 18 de julio de 2021

A AMANCIO ORTEGA LE IMPORTA UNA MIERDA TU FELICIDAD

 El 5 de julio salió a la venta mi libro, "La dictadura de la felicidad".


Pero no he venido a hablar de mi libro.


Casi.


He venido a hablar de otro tipo de dictadura que padecemos todos, en mayor o menor medida, y que por supuesto afecta a nuestra salud mental y emocional. A nuestra felicidad.


La dictadura del capital.


Porque, si a estas alturas todavía crees que vives en una democracia, siento decirte que NO.


Ni de coña.


Si nos vamos a la definición de la palabra "democracia" según la RAE: "Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes".


Si después de leer esta definición sigues pensando que vivimos en una democracia, je, tiene gracia.


Porque puede que nuestro sistema de gobierno esté basado en una democracia, pero, por cómo se han ido haciendo las cosas a nivel económico desde los años 70-80, la esencia de la democracia se ha perdido tanto que ya, in fact, no podemos hablar de una democracia que se aplique de forma consecuente con los principios democráticos.


Cuando se liberaron los mercados, es decir, cuando los mercados empezaron a emanciparse de las legislaciones de los estados democráticos, la democracia se arruinó, pues cuando bancos, grupos de inversión y multinacionales comenzaron a poder actuar libremente, los intereses que empezaron a dominar el mundo fueron los de estas entidades y no los del pueblo.


Entidades que, además, en la práctica tienen la capacidad de ejercer una influencia mucho mayor que cualquier ciudadano o colectivo de ciudadanos sobre las legislaciones que nos afectan a todos.


Entonces, si los mercados pueden hacer y deshacer a su antojo, independientemente de las elecciones de los ciudadanos, y pueden influir más en las leyes que se creen y apliquen que cualquier ciudadano, ¿en qué posición queda la democracia? ¿En qué posición quedamos nosotros, ciudadanos, pueblo?


En ninguna. No hay democracia, ya solo hay capitalismo. No hay ciudadanos, solo somos productores y consumidores. No importan nuestros derechos, necesidades ni intereses cuando estas se alejan de la cadena mercantil de producción-consumo. Solo importa que produzcas y consumas.


"A Amancio Ortega no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que le compres. 

A Donald Trump no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que lo votes. 

A J. P. Morgan Chase no le importa que te sientas feliz;

lo que quiere es que inviertas en él".

La dictadura de la felicidad.


Aquí es donde casan la dictadura del capital con la dictadura de la felicidad. Si tan necesario es que consumas para que se venda y se siga satisfaciendo la producción, los mercados (que son los que mayor capacidad de influencia tienen sobre nuestra forma de vivir en tanto en cuanto mayores posibilidades de hacer y deshacer y de influir en las leyes, y a los que además solo les interesa tu capacidad de producir y consumir) crean, mantienen y refuerza un modelo de vida en el que la prioridad no es ser feliz sino que produzcas y consumas.


Pero, como la motivación del ser humano no es la de producir y consumir, sino la ser feliz, van a hacerte creer que lo que necesitas para ser feliz es producir y consumir. Y cada vez producir más. Y cada vez consumir más. Y cada vez producir más y más. Y cada vez consumir más y más. Y...


Y ante tanta imposición para ser feliz, la felicidad se convierte en una puta dictadura. Una puta dictadura para mantener la dictadura más puta de todas: la del capital.


Por suerte o por desgracia, debido a los avances tecnológicos y a las, cada vez, más amplias desigualdades económicas, la mayoría de los ciudadanos dejaremos de ser imprescindibles para los mercados muy pronto (de hecho, ya está pasando). Así que, a los mercados no solo les importará una mierda tu felicidad. También que sigas vivo.


Puedes informarte más acerca de mi libro aquí. Y puedes comprarlo. Si quieres. Y si no quieres, que le den por culo, no lo compres.


Porque, al final, no saldremos de esta dictadura por oposición... sino por emancipación. Suerte y un abrazo.

domingo, 24 de enero de 2021

LA RUEDA DEL HÁMSTER



Hace poco fui a preguntar al banco para la hipoteca de una vivienda y... Se me quitaron las ganas de ir a preguntar más.


Entre intereses, impuestos, comisiones, pagos a notaría, seguros... Te vuelves loco solo con pensar en todo el dinero que se te va. Y la opción del alquiler no es mejor. Digamos que con la compra de una vivienda te la meten de golpe y con el alquiler más poquito a poco. Pero al final es lo mismo: acabas jodido igualmente.


No sé si os acordáis los de mi generación. Yo soy del 80. En aquella época mis abuelos le regalaron la casa a mi madre, a tocateja la compraron. Un millón y pico de pesetas solamente costó. Ojo, que un millón y pico en aquella época era un dinero. Pero nada nada que ver con lo de ahora. De hecho, mis abuelos no eran adinerados, solo trabajadores y ahorradores, y pudieron regalarle la casa a mi madre y a sus dos hermanas. Insisto, no es que tuvieran mucho dinero sino que, simplemente, antes, se podían hacer esas cosas.


A mediados de los 90´s empezó a complicarse el tema. Subió el precio de la vivienda. Subió y subió, y siguió subiendo, y lo asumimos, sin más. Total, había mucho trabajo, apareció internet. Y también subieron los sueldos. El problema es que no solo subió la vivienda, también la luz, los alquileres, los cafés. Sobre todo a partir de la llegada del euro, el precio de la vida subió mucho. Y los sueldos también subieron, sí. Pero no al mismo ritmo. Solo hay que hacer memoria para saber esto.


Sin embargo, no fue mal el asunto, ¿verdad? Hoy, tenemos un montón de cosas, así que no nos podemos quejar. Al menos, los que tenemos trabajo. La clase trabajadora de hoy día tiene casa (ya sea en propiedad o en alquiler), tiene mucha ropa, tiene móviles y ordenadores, tiene Netflix, tiene la nevera llena y todavía hay quienes tienen la suerte de que les sobre dinerito para alguna juerga los fines de semana y un viajecito o dos al año. No está nada mal. El sistema funciona.


Eso sí... también tenemos estrés. Mucho estrés. Otra diferencia sustancial con los tiempos de antaño es que los trastornos de ansiedad y depresión han aumentado. Bastante. La OMS estima que, en 2020, la depresión ha pasado del quinto puesto en el ranking mundial de enfermedades que causan muerte y discapacidad, al segundo lugar.* Según el INE, más del 60% de los españoles sufre algún tipo de estrés en el entorno laboral, siendo clave en su salud general, psicológica y física.** 


Trabajamos mucho y muy deprisa, comemos peor porque no tenemos tiempo para cocinar, dormimos peor porque cuesta desacelerar el ritmo. Y si comes peor y duermes peor no es irrisorio pensar que enfermas más. Sin embargo, la esperanza de vida aumenta (en los países ricos, claros), así que, ¡esto sigue funcionando!


La esperanza de vida aumenta gracias a los avances tecnológicos y de la medicina. Vivimos (o duramos) más. Pero, ¿con más salud?


Otra cosa que ha cambiado son las relaciones. Sí, ahora estamos más conectados que nunca, pero, quizá seas padre o madre y te gustaría pasar más tiempo con tus hijos, y no puedes. O hijo, y te gustaría visitar más a tus padres. "No puedo, mamá, el trabajo". ¿Os suena? El 39,8% de las personas mayores de 65 años presentan soledad emocional.***


Frente a los cambios económicos que hemos tenido en las últimas décadas y que, como vemos, tienen un impacto positivo y negativo en nuestro estilo de vida, salud y relaciones, hay personas que optan por querer salirse de la "rueda del hámster". Lo puedes llamar de muchas maneras: decrecimiento, economía de desarrollo sostenible, consumo consciente o irte a vivir al campo. La idea al final es simple: tener menos. Si necesitamos tener menos cosas, podremos trabajar menos (y tener más tiempo de vida para nosotros), y, de paso, como consumiremos menos necesitaremos explotar menos, por lo que le estaremos echando una mano al planeta (que no le viene nada mal).


Sin embargo, el Sistema ya había pensado en esto. El Sistema, un día, se dijo algo como: "Va a llegar un momento en el que haya gente que no quiera tantas cosas y van a tratar de trabajar menos y consumir menos. Y eso no es bueno para mí". Y se inventó la solución: si tenemos que trabajar mucho para pagar, a un alto coste (no solo económico, como hemos visto, también personal), las cosas esenciales de la vida (vivienda, luz, agua, comida, internet, educación, salud...), todos somos hámsters atados a la puta rueda de rodar y rodar.


El Sistema nos tiene atrapados. Exprimiendo cada gota de nuestro sudor.


Pero, ¿quiénes conforman ese "malvado" sistema? ¿Poderes en la sombra? ¿Los masones? ¿Extraterrestres disfrazados de humanos? No, no hace falta usar tanto la imaginación.


El Sistema lo conformamos todos, porque todos formamos parte de la cadena de producción y consumo. Aunque, dentro de esa cadena, quienes más tienen para producir, mayor capacidad también para decidir sobre los costes y los beneficios en la cadena (en la vida... en tu vida). Exactamente, hablo de los mercados. Hablo del puto banquero que se inventa intereses y comisiones para ponerte la hipoteca por las nubes. O del empresario que decide cuánto del valor de riqueza que tú produces con tu esfuerzo te quedas tú y cuánto él. O del corredor de Bolsa de Wall Street que compra barato y te lo vende muy caro.


¿Y por qué hacen eso? ¿Son malas personas? ¿Todos forman parte de un plan para obtener cada vez más poder y dominar el mundo o simplemente se trata de mentes sádicas que disfrutan con el sufrimiento ajeno? De nuevo, exceso de imaginación. La respuesta es más simple:


En 1965, los directores generales ganaban 20 veces lo que los trabajadores de base. En 2013 ganaban 296 veces esa cantidad. De 1973 a 2013, los salarios aumentaron solo un 9%; la productividad un 74%. Es decir, los trabajadores han estado produciendo mucho más de lo que reciben de sus empleadores.****


Explotación laboral encubierta. Esclavitud sumergida.


Tienes casa, tienes móvil y tienes Netflix. Al cambio, no tienes tiempo para jugar con tus hijos o visitar a tus padres porque has de trabajar mucho para pagar todas esas cosas... y para pagarle el yate al banquero, el caddie al empresario, la coca y las putas al corredor de Bolsa.


Trabajas mucho para tener muchas cosas y que otros (unos pocos) puedan tener mucho más. Este es el Sistema.


Quizá, lo más sorprendente de todo (y lo que a mí me toca más las pelotas) es que no parece que necesitemos tantas cosas para ser felices. La psicología (para quien no lo sepa, una ciencia) ha estudiado la relación entre dinero y felicidad y no ha encontrado un correspondencia clara y directa. Concretamente, la teoría conocida como la Paradoja de Easterlin postula que, a partir de unos ingresos moderados, aumentar el nivel de ingresos no hace a las personas más felices.*****


Entonces, ¿por qué si el banquero no es más feliz con un yate de lo que puede serlo una persona normal y corriente tumbada en la playa tomando el sol, el primero jode al segundo con intereses abusivos? Muy sencillo. Porque el banquero no será más feliz, pero él no lo sabe.


Nos hemos criado en una cultura hedonista en la que el dogma dominante es tener más para ser más feliz y, sin embargo, el que no es infeliz porque es pobre lo es porque come mal, duerme peor y tiene ansiedad y depresión.


La línea de pensamiento del decrecimiento, las teorías de desarrollo sostenible, el consumo ético y consciente o el cómoloqueráisllamar, yo lo llamaré El Cambio producir menos - consumir menos, no sirve solo para frenar la explotación ilimitada de un planeta con recursos limitados (basar la economía en este modelo es lo mismo que organizar las rutas marítimas creyendo todavía que La Tierra es plana), ni solo para salvar a la humanidad del cambio climático ni solo para erradicar la pobreza y superar las desigualdades socioeconómicas globales fruto de la acumulación de riqueza de las élites que tienen el control de la producción y le ponen coste a la vida. El cambio es para ti. Para mí. Para nosotros, hijos y padres de la clase media trabajadora. Para ser felices. Para vivir mejor ahora y los años que nos queden de vida.


Pero, aunque la toma de consciencia y la responsabilidad individual no son solo importantes, sino necesarias, también son insuficientes. Porque el Sistema, como ha demostrado a través de la Historia, siempre encontrará la manera de que no salgamos de la rueda y así seguir exprimiéndonos.


Por ello, hemos de ser capaces de construir un nuevo modelo social, político y económico global en el que no existan clases, en que todas las personas tengan unos ingresos medios. No en el que todos tengamos lo mismo, por supuesto que ha de haber diferencias. Pero estas han de ser moderadas y controladas. Acabar con las millones de muertes por falta de recursos cuando hay recursos para todos, superar la vida de subsistencia y mejorar nuestra salud y bienestar pasa por ponerle límite a la ambición humana y depredadora que nos está devorando desde dentro.


En definitiva, si queremos construir un mudo más humano, justo, feliz y con futuro no basta con salirse de la rueda. Hay que quemar la rueda.


Y matar al puto banquero.


Fuentes:

https://es.wikipedia.org/wiki/Depresi%C3%B3n

** https://www.europapress.es/chance/lifestyle/noticia-mas-60-espanoles-sufren-estres-estar-conectados-24-horas-sentirse-viejenial-20181016081229.html

*** http://www.copmadrid.org/wp/la-soledad-no-deseada-en-los-mayores-un-problema-de-todos/

**** https://www.climaterra.org/post/el-plan-radical-para-salvar-el-planeta-trabajando-menos

***** https://es.wikipedia.org/wiki/Paradoja_de_Easterlin

domingo, 17 de mayo de 2020

EL HUMANISTA



Ayer, 16 de mayo, perdimos al ex líder de Izquierda Unida, Julio Anguita. Y algo tenía este político, este hombre, para que tanta gente, ya sea de izquierda o de derecha, con unas ideas u otras, le haya rendido homenaje, respeto y admiración en su partida.

Trataré de analizar ese algo.

Para ello hablaré, muy resumidamente, de las vidas de otros dos importantes políticos del tiempo de Anguita: Felipe Gónzalez y Jose María Aznar.

Felipe González nació en Sevilla, hijo de un empresario ganadero de la provincia y una onubense. Se graduó en Derecho y estudió ciencias económicas en Bélgica, aunque no la terminó. A los 20 años ya formó parte de las juventudes socialistas y dos años mas tarde se incorporó al PSOE cuando todavía era un partido clandestino del la Dictadura Franco. Fue investido presidente del gobierno en 1982 y estuvo trece años y medio como jefe de gobierno, el periodo más largo en la historia de la democracia española. Tras retirarse de la política formó parte del consejo de administración de la empresa Gas Natural Fenosa, una de las tres que ocupan en España el 90% del mercado eléctrico.

José María Aznar nació en Madrid, hijo de un periodista que ocupó cargos de relevancia en la radiodifusión y propaganda durante la Dictadura Franco. Durante su juventud militó en el Frente de Estudiantes Sindicalistas, embrión de la Falange Española. Se licenció en Derecho, trabajó como inspector de finanzas del Estado, llegó a ser líder de Alianza Popular que más tarde pasaría a llamarse Partido Popular y fue presidente del gobierno entre 1996 y 2004. Tras dejar la política, fichó para Endesa, otra de las tres grandes eléctricas del país. Es presidente de la Fundación Faes, dedicada al desarrollo de la ideología de derecha.

Como podéis observar, estos breves resúmenes de vida están exentos de crítica política y juicios de valor. Haré lo mismo para recordar a Anguita.

Julio Anguita nació en 1941 en la localidad malagueña de Fuengirola. Era hijo de militares, pero él estudió Historia en la Universidad de Barcelona y empezó a trabajar de maestro. Se afilió al Partido Comunista, del que fue secretario general y con el que ostentó la alcaldía de Córdoba durante siete años. Luego fue coordinador general de Izquierda Unida y diputado del Congreso. Durante su época, esta formación llegó a obtener un 10% de los votos y 21 diputados, su máximo histórico. Tras retirarse de la política, volvió a trabajar en la educación pública. Renunció a su pensión de diputado y recibió, al jubilarse, la de maestro de escuela. Ha fallecido el 16 de mayo de 2020 a los 78 años.

Aquí tenéis datos objetivos y cada uno de vosotros puede sacar sus propias conclusiones.

Ahora bien, de lo que, creo, cabe poca duda, es que al contrario que González y Aznar, Anguita no era un hombre ni de leyes ni de números. Él era de letras. Él era un humanista, metido a político.

El humanismo es un concepto referido a aquella doctrina vital centrada en los valores humanos. Los humanistas, al fin y al cabo, no saben o tienen por qué saber de legislación, de mercados y finanzas, ni de hacer negocios. Ellos se dedican al estudio de las personas y los pueblos del mundo, a través de disciplinas como la Historia, las Letras, las Artes, y la filosofía o incluso la psicología.

Y me pregunto, humildemente, si no necesitaremos más humanistas en la política de todas las partes del mundo. Más gente que muestre más interés por la gente y menos por el dinero. Menos trumps y más anguitas

 Gracias. Descansa en paz, maestro.

domingo, 26 de abril de 2020

ALGO MUY IMPORTANTE QUE NOS ESTÁ ENSEÑANDO LA COVID-19



En mi anterior post, Nos lo merecemos, hablaba sobre un fenómeno que se está manifestando en todo el mundo a raíz de la crisis por la COVID-19: la ayuda por obligación, por decreto. Se nos está obligando a quedarnos en casa y parar nuestras actividades de producción, ingresos y consumo, para ayudar a contagiados y sanitarios frenando la propagación del virus. Y lo estamos haciendo.

En esta nueva entrada quiero profundizar más sobre este concepto de solidaridad forzada porque, como psicólogo, me parece que tiene implicaciones muy relevantes y... esperanzadoras.

En primer lugar, he de decir que las personas tenemos un rasgo de personalidad muy común que es la resistencia al cambio. Teniendo en cuenta las diferencias individuales, hay sujetos que puntuamos más alto en ese rasgo y otros que menos, pero, por lo general, a todos, el cambio nos incomoda. Nos gusta y necesitamos cierta sensación de control que obtenemos en nuestra zona de confort y, cuando salimos de ella, perdemos esa sensación y ello nos provoca emociones difíciles de manejar, como la ansiedad, la frustración o la incertidumbre. Por eso, a veces, nos cuesta tanto desapegarnos de ciertos hábitos y costumbres, incluso aunque poseamos plena consciencia de que son perjudiciales para nosotros mismos.

En segundo lugar, otro rasgo de personalidad bastante común que tenemos los seres humanos es la obediencia. Todos somos más o menos obedientes. También podemos llegar a ser muy desobedientes o rebeldes, pero, dado que somos personas que desde niños aprendemos a obedecer a una autoridad superior (los padres), el rasgo de la obediencia, en mayor o menor medida, está incorporado en nuestra personalidad. Tanto es así que incluso podemos llegar a ser obedientes aunque esa sumisión implique actitudes o conductas que entren en conflicto con los valores de la persona y le provoquen problemas de conciencia, tal y como quedó atestiguado en los experimentos de psicología social sobre la obediencia de Stanley Milgran. Estos experimentos explican, solo en parte, cómo fue posible que se cometieran crímenes tan atroces como los del nazismo. Por obediencia, el ser humano es capaz de lo peor...

... pero seguramente también de lo mejor. Y es que, en tercer lugar, quiero hablar de otro concepto que también mencioné en mi último post: la responsabilidad individual. La obediencia no solo implica acatar las órdenes de alguien a quien otorgamos un rango superior (jefe, agente de policía...) o de una institución (Gobierno, iglesia). También podemos ser obedientes a nosotros mismos, a nuestra conciencia, o como dirían Freud y sus más acérrimos seguidores, al Súper Yo, un concepto psicoanalítico para referirse a la estructura moral de la psique de cada persona y que, en sus tiempos, era definida como las normas convencionales marcadas por la cultura dominante, pero que hoy, gracias al desarrollo de las sociedades democráticas y a la divulgación del conocimiento, podría considerarse como una estructura de valores que puede llegar a diferir bastante entre individuos de una misma sociedad. En definitiva,  hoy día, somos libres para ser obedientes a los valores morales que cada uno de nosotros ha desarrollado. Y eso está bien si esa libertad se ejerce con responsabilidad, responsabilidad individual. Y entraña un grave problema cuando no se hace.

Y, en el mundo, durante mucho tiempo, muchas personas, no estamos siendo lo suficientemente responsables que se debiera, según un tipo de valores morales aceptados mayoritariamente y necesarios para superar problemáticas universales, y para cuya adaptación necesitaríamos superar nuestra resistencia al cambio y... No sabemos. Como sociedad no sabemos ni podemos. Porque nos hemos acomodado demasiado en una zona de confort muy placentera: la de las sociedades democráticas avanzadas.

El desarrollo de la democracia en los distintos países en el último siglo ha dado lugar a un mayor número de libertades en las personas, libertades que nos permiten desarrollar nuestra responsabilidad individual de manera independiente a un sujeto o entidad superior que nos diga en todo momento lo que debemos o no debemos hacer. Pero, la libertad no es un valor que esté exento de censura o restricciones (como estamos viendo en esta crisis). Y para determinar cuánto hay que limitar la libertad se han de tener en cuenta criterios morales que, en realidad, no responden a ideologías políticas, religiosas o de otro tipo, sino a cuestiones de convivencia en grupo (difícil sería la convivencia en una comunidad si se fuera libre para matar, ¿no?). Así, para determinar cuán libres podemos ser sin que nuestra libertad impida un nivel de convivencia aceptable, hemos de ser capaces de valorar la libertad en sus dos sentidos: la libertad de (la libertad de ser libre, de no ser oprimido, de no ser explotado), y la libertad para (¿para desarrollarme como ser libre e independiente, para contribuir a mi comunidad... o para explotarla?).

Desde que existen las democracias y, desde mucho antes, el ser humano, o mejor dicho, muchos seres humanos, y muchas organizaciones (no nos olvidemos que vivimos, en los países desarrollados, en un contexto capitalista en el que la organización adquiere un papel principal) han aprovechado su libertad para enriquecerse, para acumular recursos y capital, para aplacar su sed de ambición, poder y avaricia. Y... nos ha venido muy bien.

Nosotros somos hijos de esos seres humanos. Gracias a ellos, hemos nacido y crecido en lugares del planeta donde el confort ha alcanzado umbrales nunca vistos ni imaginados. El crecimiento económico y tecnológico han sido nuestros padres y nuestra casa ha estado siempre inundada de las mayores comodidades y placeres. Y mientras nuestra prosperidad iba desarrollándose, la explotación de otros muchos lugares en el mundo se seguía ejecutando, las desigualdades iban en aumento, y la pobreza extrema, el hambre y la enfermedad se cebaban con poblaciones enteras, con miles de millones de seres humanos que sienten y padecen. La muerte, que hoy nos impacta, nos mete en casa y hace que nos caguemos vivos (quizá, por ello, lo de las compras masivas de papel higiénico) ha sido y es el fenómeno más natural en ese "otro" mundo.

Y, hoy, la muerte ha llamado a nuestra puerta, y entonces se nos ha dicho que debíamos hacer algo. Más que por nosotros, por nuestros mayores y por nuestros sanitarios. Y, algunos por responsabilidad individual, la mayoría por responsabilidad colectiva, pero a fin de cuentas, porque es un deber, lo hemos hecho. Hemos obedecido.

Esta crisis, como todas las crisis, va a enseñarnos que somos capaces de lo mejor y lo peor. Durante décadas hemos, prácticamente, mirado para otro lado ante el avance inexorable de otras pandemias, como las del hambre y el SIDA en África, la violencia del narcotráfico en Latino América, o las guerras en Asia. Pero es que no podía ser de otra forma. Hemos nacido y crecido en sociedades que nos han dicho que tenemos la libertad de pero no la libertad para. El único deber que tenemos en nuestra sociedad es el de ser productivo, para encajar en el proceso de explotación-producción-consumo sobre el que se sustenta nuestra zona de confort. Somos niños mimados y egoístas porque se nos ha enseñado a serlo. Reconozcámoslo: somos, al fin y al cabo, unos grandes egocéntricos, no por naturaleza, sino por educación.

Y, sin embargo, llega la COVID-19 y nos muestra la cara amable y solidaria del "egocéntrico": ese egocéntrico que se juega la vida en su puesto de trabajo por curar a los enfermos o administrar alimentos a sus vecinos, el egocéntrico que pierde su empleo por salvar a sus mayores, el egocéntrico que se queda en casa y graba vídeos divertidos para animar a los demás. Las muestras de obediencia, de sentido del compromiso y del deber, de solidaridad, de convivencia amable y amorosa, están siendo infinitas. Nunca antes habíamos estado tan lejos los unos de los otros y habíamos sido tan compañeros.



¿Qué, en definitiva, nos está enseñando esta crisis? Que nuestra responsabilidad individual puede ser mejor, mucho mejor, pero que no vamos a desarrollarla en un contexto en el que se nos enseña a ser insolidarios y avariciosos y en el que solo ha de garantizarse la libertad de porque de la libertad para ya me encargaré yo. Si a ti, que te han enseñado solo a mirar por tu ombligo, porque eso es lo que interesa en un sistema de explotación-producción-consumo en el cual valores como el altruismo y la cooperación tienen poca cabida frente a la productividad y la competitividad, ¿para qué vas a usar tu libertad para si no, casi en exclusiva, para tu propio beneficio, por muchos males que acarree eso en otros? Por ello, necesitamos, los pueblos en el mundo, los seres humanos en el mundo, necesitamos que los Estados, que todas las naciones, amparen esa libertad para. Necesitamos más autoridad.

Sí, ya sé a lo que suena esa palabra, a otra mucho más fea: autoritarismo. Suena a fascismo, a nazismo, a comunismo. Suena a Estados despojándote tanto de tu libertad de como de tu libertad para. Suena a opresión. Sin embargo, si bien la autoridad se han empleado en el pasado, precisamente, para fines ideológicos en los que se sometían y violaban los derechos humanos de las personas, ahora, ahora que las sociedades democráticas se han vuelto tan "democráticas" (con tanta libertad de) y que se ha debilitado tanto la libertad para (las responsabilidades individuales) necesitamos Estados con más autoridad para garantizar, no para anular, todo lo contrario, para garantizar que se cumplen efectivamente los derechos humanos en todos los pueblos: derecho a agua, a comida, a vivienda, a trabajo, a salud, a educación, a ocio y cultura... a una vida digna.

La autoridad que yo invoco no es una vuelta a los totalitarismos y a las dictaduras, no. Es una vuelta a poner límites. A ponernos límites, a nosotros mismos, porque nos hemos descontrolados con tanta libertad de y casi nada de libertad para. Somos, por la zona de confort en la que nos hemos desarrollado como individuos, unos enemigos acérrimos de los límites, ya que en cuanto alguien nos los pone, aunque sea para bien propio, no digo ya cuando es para bien colectivo, nos resistimos al cambio que eso provoca en nuestras estructuras mentales. Hemos aprendido demasiado a hacer lo que nos da la gana. Y este mal hábito se ve claramente en muchos niños y adolescentes de hoy, a los que no se les ha puesto límites, y cuyos padres vienen agobiados o amargados a mi consulta porque el hijo se rebela ante cualquier norma que tratan de imponerle y hace lo que quiere, cuando quiere y, encima, se le da todo lo que quiere en cuanto lo pide. Un hijo de puta, ¿verdad? Nosotros, como sociedad, somos ese pequeño hijo de puta.

Estamos, como ese niño, enfermos. Porque no se nos han impuesto los límites necesarios para desarrollarnos como adultos corresponsables en una comunidad en la que todos, como ahora se está viendo, nos necesitamos a todos. Y en la que todos somos válidos, por tanto. No, por tanto no. Por el simple hecho de ser seres humanos, independientemente de lo que aportemos, nuestra vida vale, nuestra vida cuenta, cada vida cuenta. Pero, como somos yonquis del confort (cuando no del dinero y del poder), porque nos hemos habituado demasiado a él desde pequeños, no disponemos, la gran mayoría de nosotros (la sociedad), de la suficiente fuerza de voluntad como para acometer el cambio necesario para ejercer nuestra responsabilidad individual, y por ello necesitamos un Estado que nos ponga límites, porque por nosotros mismos no podemos, no podemos superar solos nuestra enfermedad, nuestro egocentrismo obsesivo compulsivo. Sin embargo, cuando se nos obliga a hacerlo, lo hacemos y sacamos lo mejor de nosotros.

No soy un experto en economía y no sé, exactamente, cuáles son los límites que nos debieran imponer para reducir al mínimo posible el impacto que nuestro modelo de explotación, producción y consumo de recursos tiene sobre otros pueblos, sobre los animales (que recordemos que son seres que sienten y, por tanto, sufren, y que por ello también tienen derechos) y sobre el planeta (es decir, el futuro de los seres humanos). Pero, sin ser experto, simplemente usando mi lógica personal, se me ocurren varias ideas:

- Limitar el número de viajes en avión, tanto los que sean por placer como por trabajo.

- Limitar el número de vehículos particulares por unidad familiar. Alternativas: transporte público, vehículos no contaminantes, andar.

- Limitar el número de hijos por persona. El planeta está súperpoblado.

- Poner un salario mínimo que sea compatible con condiciones de vida digna y un tope de ingresos por persona, para limitar la capacidad de acumulación.

- Limitar el número de viviendas por persona.

- Subir los impuestos a los más ricos.

- Intervenir en los precios, sobre todo de los recursos más necesarios, para que el nivel de ingresos nunca esté por debajo de las necesidades vitales.

- Prohibir a las empresas de alimentación la sobreexplotación y maltrato a los animales.

- Prohibir cualquier actividad empresarial que se lucre vulnerando derechos humanos y de animales, explotando a sus trabajadores o provocando niveles de contaminación no asumibles por la emergencia climática.

- En definitiva, hacer efectivas, a nivel global, todas las imposiciones y prohibiciones necesarias para redistribuir de manera equitativa los recursos y que nadie, en el mundo, se quede atrás.

Como veis, he usado términos que no suelen gustar mucho, porque atentan contra la libertad de: limitar, intervenir, prohibir, imponer... Y lo hago porque no me queda otra, igual que con la COVID-19 no nos ha quedado otra que encerrarnos en nuestras casas y parar la economía. Considero que esta serie de medidas, u otras, son necesarias para hacer que nuestro modelo económico y estilo de vida sean compatibles con la vida, con la salud de todas las personas. ¿Y tú, niño malcriado, hijo de papá, me vas a decir que soy un dictador, por decirte que solo puedes viajar una vez al año, tener dos hijos como mucho o no ganar más de X dinero, a pesar de la irresponsabilidad que tu exceso de producción y consumo pueda suponer por las consecuencias directas que tiene sobre tus semejantes?

¡Pues claro que puedes decírmelo, porque estás, al igual que yo, enfermo! Porque tu responsabilidad individual, como la mía, en una zona de hiperconfort en la cual no resulta necesaria, está bajo mínimos, y porque tu resistencia al cambio no te va a ayudar precisamente a aumentarla. Pero los límites sí. Las sanciones, las multas, la cárcel, la imposición, el sentido del deber, sí. Porque puede que no hayamos aprendido a ser responsables. Pero sí que somos obedientes.

La crisis de la COVID-19 nos ha enseñado que cuando obedecemos a una autoridad tan loable como es el bien común, el ser humanos saca lo mejor que tiene, y los resultados positivos llegan: vidas que estamos salvando, cada día. A pesar de todas las muertes, son muchos más los recuperados, y eso es consecuencia de nuestra obediencia y sumisión a algo más grande que el bienestar individual: el bien de todos.

Estamos salvando vidas porque se nos ha dicho que cada vida cuenta. Que no se nos olvide, cuando termine esta crisis.


domingo, 22 de marzo de 2020

NOS LO MERECEMOS


A día de hoy, 22 de marzo de 2020, la mortalidad global del COVID-19 es del 4,2% sobre los infectados y hay más de 13000 muertes en 160 países con casos detectados.* 

En Italia, país con más muertes, han fallecido ya más de 4825 personas. En China, donde empezó la infección, 3261 muertes. En España, 1326 muertes.

Algunas de las previsiones de muerte más negativas, durante lo que dure la pandemia, antes de que se llegue a administrar una vacuna, son: 1,7 millones de personas en EEUU (si solo se hacen unos esfuerzos mínimos por contenerla) y en España, en el peor de los escenarios, 87000 muertes.

Del 4% global de los que mueren por coronavirus, los que más se mueren son personas de entre 80 y 99 años (20%), seguidos de los que tienen entre 60 y 79 años (11%) y luego hay un gran salto y del grupo de 30 a 59 años muere el 2%. La mayoría de los que mueren, por no decir todos, presenta alguna patología previa.

24000 personas mueren, cada día, de hambre o por causas relacionadas con el hambre en el mundo. 8500 niños mueren por hambre, cada día, y en 2017 más de seis millones de niños menores de quince años murieron por causas prevenibles.

En 2018 fallecieron 1,5 millones de personas por enfermedades relacionadas con la tuberculosis y 770000 personas a causa de enfermedades relacionadas con el SIDA. Alrededor de 650000 personas mueren al año por causas relacionadas con la gripe. Las zonas con más muertes, lógico, son aquellas con menos recursos médicos para atender estas y otras enfermedades.

En España y en otros muchos países afectados por el COVID-19 se han tomado o se van a tomar en los próximos días medidas de confinamiento sin precedentes, que ya están teniendo y van a tener un duro impacto psicológico y económico en la sociedad.

Llegados a este punto, casi puedo imaginarme lo que estás pensando. Atas unas estadísticas con otras y con el título de este post y te dices (me dices) "¿Este hijo de puta acaso está planteando que si lo que estamos haciendo, frenar la actividad económica y encerrarnos durante una cuarentena todo el puto día en casa para, según él, salvar a cuatro viejos, ya que en el mundo se mueren por hambre y enfermedades muchas más personas que las que va a matar este jodido virus, merece la pena?"

Esa pregunta, o alguna parecida, si te la estás haciendo, es totalmente irrelevante. Porque lo que aquí de verdad importa es que, independientemente de que a mí me parezca que merece la pena o no, independientemente de que a ti te parezca que merece la pena o no, independientemente de que a cualquier otro u otra le parezca que merece la pena o no, es decir, independientemente de la responsabilidad individual de cada uno, el Gobierno, ejecutando sus funciones de Estado, nos ha obligado, a todos, a hacerlo, a parar la economía, a meternos en casa, y, la gran mayoría, estamos obedeciendo, hemos acatado esa orden impuesta, para salvar a esos cuatro viejos o a los que hagan falta e, independientemente del impacto psicológico y económico, que va a ser duro, muy duro, lo estamos haciendo, porque hay que hacerlo y porque estamos siendo obligados a hacerlo. Y esto, es muy importante, como veremos después.

La pregunta que sí creo que es relevante y que puede salvar muchas vidas, muchas más vidas que las que vamos a ahorrarle al coronavirus, es: ¿me vais a decir que somos capaces de parar un país, durante dos meses, una medida que es muy traumática, para salvar a miles de personas (recuerdo, peor escenario en España: 87000 muertes), y no somos capaces de cambiar nuestro estilo de vida, de reducir nuestro nivel de producción y consumo, una medida mucho menos traumática, para salvar a cientos de millones en el mundo?

¡Porque sí tiene que ver, sí tiene que ver! La vida del niño que se muere de hambre en África o la de su padre que se muere de SIDA, la del hombre al que matan en una guerra en Asia o la de la mujer que es asesinada en LatinoAmérica, todas esas vidas valen tanto como la del hombre blanco de 80 años que vive en Occidente, ni más ni menos, igual, y todas esas vidas dependen de nuestro modelo económico global, de cuánto producimos, de cuánto compramos, de cuánto más vamos a seguir explotando y acaparando o cuándo vamos a empezar, de una puta vez, a redistribuir los recursos para acabar con pandemias como las hambrunas y las enfermedades que llevan décadas, ¡siglos!, cebándose con las poblaciones más vulnerables del mundo.



Desde las piezas del móvil que usas para conectarte con tus seres queridos hasta la ropa que llevas puesta, pasando por toda la comida que tienes en tu nevera y el papel para limpiarte la mierda del culo que rebosa en tu mueble del baño, todo, todo es resultado de un modelo de producción y consumo que acapara los recursos mundiales en los países ricos después de haberlos explotado en los países pobres. ¡Y esa gente se está muriendo mucho más que por coronavirus, mucho más, joder, cada día! ¿Y valen menos sus vidas? ¿Porque viven más lejos? ¿Porque tienen la piel oscura? 

Si me vas a decir que no merece la pena hacer algo para salvar sus vidas también, entonces, maldita sea, nos lo merecemos. Merecemos que el coronavirus de los cojones se ensañe con nosotros y nos devore. La naturaleza, seguramente, se ha dado cuenta de lo tóxicos que somos para ella como especie y ha dicho "Hay que acabar con ellos". Para el planeta, nosotros somos el virus.

Podrías decirme "Pero, ¿qué me estás pidiendo, exactamente? Con el COVID-19 la relación está clara: si nos quedamos en casa reducimos el riesgo de infección, paramos la propagación del virus. ¿Qué puedo hacer yo frente al hambre, la pobreza y la desigualdad?". 

Exigir que nos obliguen. Igual que han hecho con el coronavirus.

Porque esto no va de hacerse vegano, esto no va de comprar productos ecológicos, esto no va de donar a UNICEF. Esto no va de la responsabilidad de cada uno. Porque todo eso está muy bien, pero no es suficiente. Nos hemos vuelto demasiado individualistas y, por tanto, egoístas. Estamos demasiado acomodados en nuestra zona de confort del plácido y acaudalado mundo occidental. Y, sin embargo... 

Y sin embargo, un día, llega un puto virus para darnos una jodida hostia en la cara y que nos demos cuenta de que tenemos capacidad: capacidad de sacrificio, de compromiso, de solidaridad, de empatía, de pensar en el otro antes que en nosotros mismos, de no salir a la calle no para protegerme a mí sino para protegerte a ti. ¡Increíble! Podemos parar el virus, este y todos los que vengan, y también podemos, claro que podemos, parar la peor pandemia de todas, la de la avaricia. Pero...

Pero no podemos solos. El COVID-19 nos ha demostrado que podemos, pero que nos tienen que obligar. Porque si no se llega a decretar el estado de alarma y a imponer sanciones, la gente estaría yendo todavía a la discoteca. Solo con la responsabilidad de cada uno no lo vamos a conseguir. Quítate esa puta idea de la cabeza de que el mundo va a cambiar si cada uno hace su parte desde su pequeña parcela.  

Porque, esto, de lo que sí va es de ejercitar una acción global conjunta, desde los gobiernos de todos las naciones, para que analicen los motivos y tomen las medidas necesarias para frenar la pandemias históricas y universales de la pobreza y el hambre. Medidas que, seguramente, pasan por reducir nuestro nivel de producción y consumo y, por tanto, de explotación y acaparamiento de los recursos, y así hacer nuestro modelo económico y nuestro estilo de vida compatibles con la vida de cualquier habitante del planeta. ¡Porque no vale menos la vida de un niño somalí que la de un viejo de Málaga!

Hay comida para todos, en el mundo. Hay recursos sanitarios para todos, en el mundo. Hay lugar para todos, en el mundo. Esta crisis del COVID-19 va a poner de manifiesto que podemos hacer un gran sacrificio para salvar la vida de muchas personas de nuestro entorno más cercano. Podemos hacer un sacrificio menor, en nuestro estilo de vida, para salvar a cientos de millones: contaminar menos, no explotar, no acaparar, respetar los derechos humanos y de los animales, redistribuir la riqueza.

Ayudar, como obligación, por decreto. Como estamos haciendo con el coronavirus.

Y si esta crisis nos ayuda, no solo a valorar más las pequeñas cosas, sino también a remover nuestras conciencias, y nuestras entrañas, saldremos fortalecidos de ella.

Si pensabas que este era un escrito para celebrar o relativizar la muerte en occidente, te equivocabas. Esto es un grito desesperado por el cambio. Por el mío, por el tuyo, por el de las naciones. Por el de Todos Nosotros, juntos.

Porque Nos lo merecemos.

David Salinas. Psicólogo, escritor y vecino del mundo.


*Todos los datos numéricos provienen de fuentes fiables que puedes consultar aquí mismo:








domingo, 17 de febrero de 2019

UN SERIO PROBLEMA


Ayer vi "Vice", una de las películas candidatas a los Oscars y que narra la influencia de Dick Cheney, vicepresidente durante el mandato de George Bush, en la decisión de la invasión a Irak por EEUU y posterior nacimiento del Isis.

El punto de partida de la historia es muy interesante y me hizo que pensar: Cheney de joven era un hombre sin estudios universitarios, con un trabajo mediocre y problemas de alcohol. Cuando su mujer le compele a medrar porque no quiere estar al lado de un fracasado, Cheney cambia el chip de tal forma que más adelante consigue meter la cabeza en la Casa Blanca, en un puesto de poca relevancia, y desde ahí, progresivamente ir escalando posiciones, simplemente haciendo lo que se le dice que haga, hasta llegar a la vicepresidencia de los Estados Unidos.

Lo que me llamó tanto la atención de esta historia es la facilidad con la que alguien sin demasiadas dotes intelectuales, y muchas menos morales, puede llegar a ostentar tanto poder (durante la película se muestra que era Cheney quien estaba realmente, en las sombras, al mando del gobierno W Bush). Sin embargo esto no es tan difícil de entender ya que vivimos en un mundo que premia muchísimo más el oportunismo que la inteligencia, la ética o el esfuerzo. Lo cual choca bastante con los principios neoliberales que parten de un modelo en el que el esfuerzo individual ha de ser premiado, como motor del crecimiento de las comunidades. Pero si hasta un idiota como Cheney, y no digamos ya W Bush, pueden llegar a ocupar puestos de tan gran responsabilidad, uno por ser un leal lameculos, el otro por ser el hijo de papi, la pregunta que cabe hacerse es: ¿en manos de qué tipo de personas estamos dejando el motor del mundo?

Por otra parte, la historia de Cheney me sirve para hacer un análisis diferencial entre la personalidad prototípica de las personas de izquierda frente a las de la derecha. Al ser psicólogo, no puedo más que defender la importancia del entorno, sobre todo durante los primeros años de la vida del individuo, en la formación de su carácter, y por tanto de su ética personal. Quede claro que lo que voy a decir a continuación es una sobregeneralización, no se puede medir a todo el mundo por el mismo rasero ya que cada persona vive una experiencia única que le genera una personalidad exclusiva, y sin embargo sí que podemos encontrar muchos rasgos comunes según los grupos de división escogidos.

Pues bien, el carácter diferencial más típico que detecto entre las personas de derechas y de izquierdas es: la empatía. Las personas de izquierdas son más empáticas que las de derechas en tanto en cuanto éstas han sido educadas en un contexto en el que los principales valores son: la competitividad, el trabajo, el esfuerzo, la ambición, el prosperar, el llegar a ser alguien en la vida. Y las personas de izquierdas, en su mayoría pobres o de clase media o de orígenes humildes, han crecido en contextos donde, por necesidad, se transmitían más valores de solidaridad, cooperación y ayuda.

No estoy diciendo que cualquier persona de derechas tenga menos empatía que cualquier persona de izquierdas, ya que eso sería llevar lo particular a lo general, y tampoco estoy diciendo que todas las personas de derechas no sean solidarias, estoy seguro de que muchas lo son, pero también que hay muchas, posiblemente la mayoría, a las que el valor solidaridad no se las ha inculcado como uno de los valores principales en la vida.

Si a mí me enseñan desde pequeño que lo más importante es que estudie mucho y trabaje mucho para ser una persona muy de provecho en la vida, y que eso está antes que el amor, la amistad y la armonía entre los grupos (al fin y al cabo: mi prosperidad individual es más importante que la prosperidad de las comunidades), me orientaré a satisfacer mis necesidades, que además no se corresponderán con las necesidades básicas, sino con "necesidades" de éxito y fortuna, quedando las necesidades de los demás (incluyendo las básicas) muy en segundo plano. Por otra parte, fácilmente tenderé a pensar que si el otro no medra no es por mi culpa, sino porque no se está esforzando lo suficiente.

Al estar tan orientado en mi propio progreso individual (que nada tiene que ver con el crecimiento personal, si no con la acumulación de riqueza y de poder), perderé sensibilidad empática con otras personas simplemente porque "estoy demasiado centrado en lo mío". Efectivamente, la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y por lo tanto abandonar, al menos de forma momentánea, mi actitud ególatra, lo cual resulta más complicado de hacer si me han enseñado desde pequeño que YO debo medrar, no a costa de los demás, no pisando a los demás... pero tampoco permitiendo que las necesidades de los demás, se interpongan.

Soy de los que piensa que no existen las buenas y malas personas en el mundo (ni siquiera Dick Cheney sería una mala persona, y os aseguro que tras ver la película os costará mucho coincidir en esa afirmación). Existen los buenos y los malos actos, y todos tenemos la capacidad de acometer buenos y malos actos. Pero si un grupo de personas, por regla general, ha sido educado en un contexto que ha facilitado rasgos egocéntricos y dificultado su desarrollo empático, y además el sistema socio-político-económico favorece que esas personas medren...

... en el mundo tenemos un serio problema.

El 28 de Abril son las elecciones generales en España. No te quedes en casa por favor. Vota.

Un abrazo.

domingo, 21 de octubre de 2018

LO QUE MÁS VALE EN EL MUNDO ES EL DINERO



Las personas de la mayoría de los países vivimos en una sociedad en la que el dinero tiene un papel básico.

Eso a priori no tiene por qué ser malo, puede ser incluso un buen sistema: en razón a mi esfuerzo y productividad se me compensa con un dinero que me sirve para acceder a distintos recursos que son limitados.

El dinero en sí no es malo. Ni siquiera el capitalismo en sí es malo.

El problema aparecería si el dinero fuera el valor más alto dentro de nuestra escala de valores. El problema... El problema hace tiempo que ya ha aparecido.

Cada persona puede tener su propia escala de valores. Pero no podemos obviar que la escala personal de cada uno va a estar muy condicionada por la escala social, el pensamiento individual está influenciado por la mentalidad colectiva.

En el sistema económico capitalista, mantenido y fortalecido por las políticas neoliberales que rigen a la mayoría de países ricos, el dinero es el primer valor. Y cuando el dinero se convierte en el valor máximo, por encima de otros valores como la dignidad, la solidaridad, el amor, la tolerancia, el respeto, la felicidad o incluso la propia vida, aparecen consecuencias que no son muy positivas para el desarrollo de las personas y de las comunidades.

Si el dinero es el valor máximo, qué impide que:

- Se puedan invadir países a cambio de petróleo.

- Se puedan vender armas a países que matan población civil indiscriminadamente.

- Se pueda negar la entrada a personas que huyen del hambre y las guerras, porque "nos van a quitar trabajo".

- Se pueda hacer negocio con productos de primera necesidad como la vivienda, la energía o los alimentos básicos.

- Se pueda vender comida con todo tipo de productos químicos que afectan de manera negativa a nuestra salud.

- Se pueda administrar medicamentos que no sanan y que además provocan efectos secundarios y dependencias.

- Se pueda maltratar a un animal hasta la muerte en una plaza de toros, y a muchos animales más en granjas hacinadas, para sobrealimentarnos.

- Se pueda echar a familias de sus casas porque prima el interés de los bancos.

- Se pueda explotar laboralmente a todo tipo de personas de cualquier edad y en cualquier parte del mundo.

- Se pueda permitir que unos pocos en el mundo tengan más que los miles de millones más pobres.

- Se pueda acabar lentamente con el planeta, matando el futuro de nuestros niños.

- Se pueda educar a nuestros hijos para que sean productivos, en lugar de enseñarles a ser felices.

Todo esto pasa hoy en el mundo porque el dinero está por encima de todo.

Podemos revertir el orden de esta escala. ¿Cómo? Revirtiendo nuestra propia escala de valores.

Saliéndonos del guión establecido, superando el modelo mental social dominante. Pensando de manera autónoma y crítica. Libre.

Y actuando con coherencia a nuestra propia escala de valores.

Si para ti el amor, la felicidad, la vida, están por encima del dinero, recuérdatelo muy a menudo, pregúntate si estás viviendo conforme a ello, y si no lo estás haciendo: ENTONCES CAMBIA.

Porque puede que tú no cambies el mundo, pero el mundo sólo cambiará, si tú cambias.

Un abrazo.