"Si luchas, puedes perder. Si no luchas, estás perdido".


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domingo, 5 de mayo de 2024

UN PSICÓLOGO NEURÓTICO CONTRA EL NEOLIBERALISMO



Muchos de los que me leéis quizá ya me conozcáis y otros no. Para los que no, me presento: soy David Salinas, psicólogo, de Málaga (España).


Dada mi profesión, sé de la importancia de detectar las causas de un trastorno (no suele haber una, sino que son múltiples y complejas), para establecer un tratamiento. Los psicoanalistas se pueden pasar toda una vida con un paciente en busca de este fin, hurgando en la infancia y en los traumas, pues consideran que cuando la persona es capaz de construir un relato que le facilita entender el motivo de su sufrimiento, sana.


En la sociedad actual, en la que todos estamos enfermos (el número de trastornos de ansiedad y depresión cada vez es mayor, son más los pacientes que van a profesionales de la salud mental y muchas más las personas que se medican con psicofármacos, sobre todo en España, y cada vez hay un mayor conceso sobre la afirmación de que vivimos en "una sociedad enferma"), la mayoría de la gente está muy desconectada de un relato explicativo y, por ende, de entender el origen de su sufrimiento.


Y eso es, en parte, porque se nos ha intentando vender la película de que si estás mal es porque algo tienes (causas biológicas) o algo te ha pasado (has tenido una mala vida: traumas) o algo malo has hecho (no has sido lo suficientemente fuerte y te has roto). Es decir, la causa de tu mal es puramente individual. Es decir, un relato que casa estupendamente bien con el individualismo de la era neoliberal. 


Sin embargo, el modelo de salud mental actual es un modelo biopsicosocial. A cómo haya nacido el individuo y a lo que le haya pasado y a lo que haya hecho, deberíamos sumar también la pregunta: ¿qué le hemos hecho todos? O qué estamos haciendo tan mal para que habiendo, supuestamente, crecimiento económico, las personas seamos cada vez más infelices.


Para contestar a esa pregunta, hay que construir un relato. Y para construir ese relato, al igual que los psicoanalistas, tendremos que viajar al pasado.


Hoy día, muy poca gente que conozco sabe lo que significa la palabra "neoliberalismo". Lo cual es bastante preocupante, partiendo de la base de que el modelo económico actual en el mundo globalizado  es el neoliberal, y que este condiciona nuestro estilo y condiciones de vida. De ahí esa desconexión con nuestro relato de la que hablaba antes.


El neoliberalismo o también llamado "capitalismo egoísta" es una doctrina económica que ya empezó a aplicarse a modo de ensayo en algunos "países laboratorio" de Latino América, como Chile, y que tuvo su auge en los años 80 con las administraciones de Thatcher en Reino Unido y de Ronald Reagan en USA, convirtiéndose en el paradigma predominante a nivel político, económico e incluso social, hasta hoy. Aboga por la libertad económica y el libre mercado, apoyándose para ello en la desregularización y en la privatización. Los neoliberales no quieren un "Nanny State" (Estado niñera) que coarte la capacidad del individuo para desarrollarse, y en cambio defienden que los mercados tienen, por sí mismos, sin intervención del Estado, la capacidad de autorregularse y potenciar el crecimiento económico, contribuyendo así a la mejora de la calidad de vida de todas las personas.


Suena bonito lo que dice el dictado liberal. Pero, ¿sabéis qué suena más bonito? Las palabras de los intelectuales. ¿Por qué coño no se nos escucha a los intelectuales más? Y por intelectuales me refiero a científicos, psicólogos, sociólogos, filósofos, historiadores, escritores, investigadores... Estos, nosotros, tenemos la capacidad de ver el mundo. De ver cómo somos y por qué. Os ofrecemos un relato bastante creíble.


Hace poco más de un año empecé terapia. Como paciente, quiero decir. Tuve una crisis bastante chunga, así que acudí a Laura, mi psicoterapeuta (actualmente lo sigue siendo), y me ayudó un poco a que me salvara la vida. Yo le dije a Laura que soy neurótico (los neuróticos somos personas casi siempre en alerta, nos cuesta relajarnos, así que nos preocupamos bastante) y ella no me dice ni que sí ni que no, huye de las etiquetas. Pero un día me dijo que yo veía el mundo, que tengo esa capacidad. Los neuróticos tienen cosas malas, pero también buenas: como pensamos tanto, somo más analíticos, y capaces de obtener un mayor número de razonamientos y sacar más ideas creativas. Por eso pienso que entre los intelectuales, pensadores, investigadores y creadores, debe haber mucho neurótico.


El caso es que, ojito conmigo, porque yo os veo. Os vemos. Y somos capaces de construir el relato de lo que ha sido el capitalismo en estas algo más de cuatro décadas de doctrina neoliberal. Y cómo nos ha jodido la vida a todos.


En los años 50, 60 y 70, en España, a pesar de vivir en una dictadura postguerra, un trabajador podía, con relativa facilidad-dificultad, comprarse una casa, pagarla en unos diez años y criar, con la inestimable colaboración de su mujer, por supuesto, una familia numerosa. Tenía trabajo estable. Solo entraba un sueldo en el hogar. Con suerte, y ahorrando, podrían comprar una vivienda más y destinarla a uso vacacional o al alquiler para conseguir ingresos extras. No es coña. Mis abuelos era trabajadores de clase media baja, ella era limpiadora del Materno de Málaga, él administrador de comunidades, limpiaban bloques ambos, ahorraban muchísimo porque apenas tenían gastos (no eran de bares, y discotecas en su época no había), y entre los dos consiguieron comprarle el piso a tocateja a mi madre y a mis dos tías. 


Algo así, hoy día, es impensable. Actualmente, gracias al neoliberalismo, que sacia las ansias infinitas del mercado de más flexibilidad laboral en aras de una mejor competitividad y una mayor productividad, la precariedad laboral es un hecho más que consumado, al igual que el excesivo incremento del precio de la vida, muy por encima de las subidas salariales. Consecuencias: tardamos más en emanciparnos, quien lo consigue, vivimos más asfixiados económicamente, y con la soga al cuello en muchos empleos que no contienen seguridad alguna.


Y en un contexto como este, en el que la incertidumbre económica y laboral es mayúscula, y en el que la presión económica es altamente abusiva (ejemplo claro: la vivienda, un bien de primera necesidad con el que las personas además iniciamos proyectos de vida, y que hoy se ha convertido en un objeto de lujo de muy difícil acceso), con estas condiciones ambientales, ¿se nos pide que nos mantengamos sanos mental y emocionalmente? "No te rompas". Se rompió hace poco el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, por la presión incesante de la oposición (oposición ultra neoliberal, por cierto), ¿no nos vamos a romper nosotros que no vivimos en el palacete de La Moncloa ni poseemos la seguridad económica y laboral que él sí tiene? 


Estamos agobiados y estamos deprimidos, y es normal. Y la culpa, el motivo, es claramente social: es el neoliberalismo. Las personas, los seres humanos, sí necesitamos de un "Nanny State", no para que nos coarte nuestra capacidad de desarrollo individual (esta se puede estimular, reforzar, dentro de un modelo que implique mayores medidas sociales), sino para que nos proteja, para que nos apoye, para que nos cuide.


Las personas somos tribu. Somos animales racionales y sociales. Desde siempre, hemos necesitado a la comunidad para salir adelante, porque solos es más difícil. En el modelo neoliberal, "el individuo" (entiéndase que para ellos, para los neoliberales, somo individuos, no personas ni seres humanos, más bien individuos que producen y consumen, fin), se las puede apañar solo. Es un sistema altamente individualista que propaga la competitividad y el "sálvese quien pueda", en oposición al cooperativismo y la filosofía comunitaria de sistemas más sociales. En este contexto, las personas se sienten más solas y desprotegidas frente a un mercado económico y laboral que, encima, es cada vez más hostil y depredador. Sálvese quien pueda y nunca mejor dicho.


Por nuestra salud y por nuestra felicidad, y, que no es poco, también por el bienestar de los animales (la consciencia sobre el sufrimiento animal ha crecido enormemente porque ahora sabemos que los animales son seres sintientes que sufren emocionalmente), por la supervivencia del planeta (el neoliberalismo aboga por un crecimiento económico indefinido, lo cual es una idea absurda, totalmente incompatible con la naturaleza finita de los recursos de nuestro entorno), y por una cuestión de justicia social (el crecimiento económico ha aumentado en las últimas décadas neoliberales, pero también lo ha hecho la desigualdad; se crece económicamente, pero se lo llevan casi todo cuatro hijos de puta...), hemos, por todo ello, tomar consciencia de lo que nos ha pasado y nos pasa, entender el relato, y construir uno nuevo. Cambiar, de una vez, el modelo económico-político-social liberal, un paradigma que es totalmente tóxico y mortal para la salud y bienestar de las personas y de los pueblos.


Quizá solo haga falta, para ello, volver a los 50-60-70, cuando el modelo económico preponderante era la social democracia, y sí que había un Estado (y Estado somos todos, no solo los políticos y los burócratas, Estado = tribu) más proteccionista con la clase trabajadora. Quizá haya que abrazar el brazo de la hoz. Quizá haya que inventarse algo nuevo. O quizá todo empiece por recuperar esa consciencia y ese movimiento obrero que nos llevó a tantos avances sociales y que con la era del hiper individualismo neoliberal se ha difuminado entre tanta pantalla LED y tanta macro red de estímulos cibernéticos.


En relación a esa pérdida de la consciencia de clase (hoy todo el mundo quiere ser de clase media, que suena más "limpio" que clase obrera y, además, otorga la ilusión de que un día se pueda pertenecer a la clase alta), hay que tener en cuenta que, no lo olvidéis, "os veo", y sé, como buen psicólogo que soy (o eso es lo que intento), que, por supuesto, la cultura predominante nos cambia la escala de valores predominante. Hoy día, afortunadamente, todavía quedamos mucha gente que prioriza la igualdad social de los sistemas más colectivos frente a la libertad individual del neoliberalismo. Pero eso no significa que la libertad esté en juego, sino que entendemos que la libertad ha de ejercerse con responsabilidad. ¿Y qué responsabilidad hay en cargarte la felicidad colectiva de tu comunidad para llenarte los bolsillos de billetes? La igualdad y la libertad son compatibles; pero es necesario sacrificar parte de nuestra libertad (para que no podamos hacer lo que nos dé la gana sin importar qué efecto tenga en el prójimo; para no convertirnos en unos capitalistas egoístas como los neoliberales), en pos de construir una sociedad más igualitaria, más amable y, gracias a ello, más feliz, ya que, enterémonos de una puta vez, la felicidad es un constructo social, no individual. Se es feliz cuando se está en un entorno feliz. Pues, teniendo en cuenta esto, digo, hemos de ser conscientes de que una consecuencia lógica del neoliberalismo es que cada vez hay más personas más egoístas. Y que, a fin de cuentas, no se trata tanto de una lucha de razones (mis razones son más razonables o lógicas que las tuyas) como de preferencias. Claro que el neoliberalismo funciona: funciona si te importa una mierda cómo les vaya a los demás mientras a ti te vaya bien. En una lógica narcisista (y hoy hay mucho de eso, porque somos lo que mamamos, y hemos mamado neoliberalismo durante demasiado tiempo), ese razonamiento es indestructible. La clase obrera, la renacida clase obrera (o eso espero) no debe entrar en un debate de "tenemos la razón", sino en una lucha de intereses: debemos saber bien lo que nos interesa y luchar a hierro por ello.


Nos interesa volver a una sociedad de cuidados, en la que nos sintamos protegidos, en la que la convivencia (y con ella, las relaciones laborales y económicas) sea más amable. Nos interesa estar sanos íntegramente (física, mental, emocional y socialmente). Y sabemos bien cuál es el camino para ello. Porque, ahora sí, tenemos nuestro relato.


Solo un apuntes más: ¿y no será todo esto una manipulación izquierdista y, en realidad, el neoliberalismo no es tan malo? Después de todo, desde los 80 para acá, ¿la calidad de vida no ha mejorado?


Es una  buena pregunta, fácil de contestar. En primer lugar, como apuntaba antes, el crecimiento económico y la mejora de la calidad de vida se han dado de manera muy desigual. Si miramos a nivel global, el mundo desarrollado es muy pequeño en comparación con los muchos países subdesarrollados que existen y las miles de millones de personas en situación de pobreza o en riesgo de. Pero es que, además, en los países sí desarrollados, en los más ricos, también se da esa situación de desigualdad. Una desigualdad que además crece por la propia inercia acaparadora del neoliberalismo (el capital acaba cada vez más en manos de unos pocos). En la primera potencia económica del mundo, Estados Unidos (con el permiso, además declarado, de China), hay más de seiscientos mil homeless (se marcó récord en 2023) y muchísimos trabajadores que no pueden pagar una cobertura médica. En Cuba, por cierto, ninguno. En España, tras los restos de la crisis de 2008, todavía hay muchísimas personas que van a comedores sociales, que están esperando un desahucio, que son pobres energéticos... Estos datos de pobreza y desigualdad puede que no importen un pimiento a los neoliberales narcisistas y faltos de empatía, como por ejemplo Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, que afirma sin rubor que la justicia social es un invento de la izquierda. Pero a nosotros sí que nos importan, y mucho.


En segundo lugar, hay que tener en cuenta dos factores. El primero, el incremento incesante de la población. Desde los años 80 hasta hoy, la población mundial ha crecido muchísimo, y en España, gracias en gran parte al movimiento migratorio, también. Esto ha llevado a un incremento de la actividad económica, claro. Si hay más gente, hay más para vender, hay más para producir, se recibe más turismo, se crean más proyectos innovadores porque hay más cabezas pensantes... El segundo factor es que hemos de ser conscientes, contemporáneos, de la gran revolución que hemos vivido. En la historia de la humanidad ha habido tres grandes revoluciones económicas: la revolución agrícola, la revolución industrial y la nuestra, la revolución tecnológica. Ordenadores primero, luego internet, después móviles y smartphones, ahora la IA y la robótica... Todo ello ha facilitado un mundo comercialmente globalizado, como nunca antes, y un desarrollo económico sin precedentes. Y, sin embargo, ¿os imagináis cómo hubiera sido este auge tecnológico bajo el amparo de un sistema económico social? ¿Se hubiera repartido de una manera más equitativa el aumento de los márgenes de beneficios? ¿Estaríamos hablando del fin de la pobreza y la desigualdad? ¿Quizá trabajaríamos menos y tendríamos más tiempo para dedicarlo a nuestras familias, amigos y proyectos personales?


Para acabar ya, y en relación a esta última pregunta, otra consecuencia cultural del neoliberalismo y, por tanto, mental (lo cultural, la consciencia colectiva, acaba incidiendo en la mentalidad de cada uno, obvio), es que se asocia la felicidad con el acceso a bienes y servicios. Si tienes poder adquisitivo, eres feliz, y mientras más poder económico tengas, más feliz serás. De nuevo, qué importante es escuchar a los intelectuales, a los que sabemos del tema, no porque seamos más listos, sino porque hemos estudiado, investigado y dedicado horas de mucho análisis y reflexión al objeto de estudio: la felicidad no es una cuestión ni de dinero, ni de poder, ni de estatus, ni de puto ego narcisista. Quien no tiene suficiente dinero para hacer frente a una vida segura y tranquila, sufre; quien lo tiene, no sufre, siempre y cuando se den otras condiciones. Somos felices cuando nuestro entorno lo es, como dije antes, cuando nos sentimos seguros y protegidos porque disponemos de una tribu que nos apoya y nos acompaña, y cuando somos capaces de hacer cosas que son coherentes con nuestra escala de valores, es decir, cuando nos sentimos bien haciendo lo que hacemos, o viviendo como vivimos, porque percibimos que es bueno.


Nos sentimos bien cuando sentimos que estamos haciendo el bien. Hoy, en un sistema neoliberal, en un modelo de capitalismo egoísta, nadie se siente bien, muchos porque sobreviven ("sálvese quien pueda") y otros porque son adictos al dinero, al estatus y al ego, inconscientes de que nada de eso les hace realmente felices. Hasta que un día, nuestro puño en alto les haga despertar de su sueño yonqui y se estrellen de bruces contra sus consciencias todavía aletargadas...


... o con nuestro puño en sus narices y nuestro grito de rabia exigiéndoles ¡¡¡FELICIDAD!!!

domingo, 18 de julio de 2021

A AMANCIO ORTEGA LE IMPORTA UNA MIERDA TU FELICIDAD

 El 5 de julio salió a la venta mi libro, "La dictadura de la felicidad".


Pero no he venido a hablar de mi libro.


Casi.


He venido a hablar de otro tipo de dictadura que padecemos todos, en mayor o menor medida, y que por supuesto afecta a nuestra salud mental y emocional. A nuestra felicidad.


La dictadura del capital.


Porque, si a estas alturas todavía crees que vives en una democracia, siento decirte que NO.


Ni de coña.


Si nos vamos a la definición de la palabra "democracia" según la RAE: "Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes".


Si después de leer esta definición sigues pensando que vivimos en una democracia, je, tiene gracia.


Porque puede que nuestro sistema de gobierno esté basado en una democracia, pero, por cómo se han ido haciendo las cosas a nivel económico desde los años 70-80, la esencia de la democracia se ha perdido tanto que ya, in fact, no podemos hablar de una democracia que se aplique de forma consecuente con los principios democráticos.


Cuando se liberaron los mercados, es decir, cuando los mercados empezaron a emanciparse de las legislaciones de los estados democráticos, la democracia se arruinó, pues cuando bancos, grupos de inversión y multinacionales comenzaron a poder actuar libremente, los intereses que empezaron a dominar el mundo fueron los de estas entidades y no los del pueblo.


Entidades que, además, en la práctica tienen la capacidad de ejercer una influencia mucho mayor que cualquier ciudadano o colectivo de ciudadanos sobre las legislaciones que nos afectan a todos.


Entonces, si los mercados pueden hacer y deshacer a su antojo, independientemente de las elecciones de los ciudadanos, y pueden influir más en las leyes que se creen y apliquen que cualquier ciudadano, ¿en qué posición queda la democracia? ¿En qué posición quedamos nosotros, ciudadanos, pueblo?


En ninguna. No hay democracia, ya solo hay capitalismo. No hay ciudadanos, solo somos productores y consumidores. No importan nuestros derechos, necesidades ni intereses cuando estas se alejan de la cadena mercantil de producción-consumo. Solo importa que produzcas y consumas.


"A Amancio Ortega no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que le compres. 

A Donald Trump no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que lo votes. 

A J. P. Morgan Chase no le importa que te sientas feliz;

lo que quiere es que inviertas en él".

La dictadura de la felicidad.


Aquí es donde casan la dictadura del capital con la dictadura de la felicidad. Si tan necesario es que consumas para que se venda y se siga satisfaciendo la producción, los mercados (que son los que mayor capacidad de influencia tienen sobre nuestra forma de vivir en tanto en cuanto mayores posibilidades de hacer y deshacer y de influir en las leyes, y a los que además solo les interesa tu capacidad de producir y consumir) crean, mantienen y refuerza un modelo de vida en el que la prioridad no es ser feliz sino que produzcas y consumas.


Pero, como la motivación del ser humano no es la de producir y consumir, sino la ser feliz, van a hacerte creer que lo que necesitas para ser feliz es producir y consumir. Y cada vez producir más. Y cada vez consumir más. Y cada vez producir más y más. Y cada vez consumir más y más. Y...


Y ante tanta imposición para ser feliz, la felicidad se convierte en una puta dictadura. Una puta dictadura para mantener la dictadura más puta de todas: la del capital.


Por suerte o por desgracia, debido a los avances tecnológicos y a las, cada vez, más amplias desigualdades económicas, la mayoría de los ciudadanos dejaremos de ser imprescindibles para los mercados muy pronto (de hecho, ya está pasando). Así que, a los mercados no solo les importará una mierda tu felicidad. También que sigas vivo.


Puedes informarte más acerca de mi libro aquí. Y puedes comprarlo. Si quieres. Y si no quieres, que le den por culo, no lo compres.


Porque, al final, no saldremos de esta dictadura por oposición... sino por emancipación. Suerte y un abrazo.

domingo, 24 de enero de 2021

LA RUEDA DEL HÁMSTER



Hace poco fui a preguntar al banco para la hipoteca de una vivienda y... Se me quitaron las ganas de ir a preguntar más.


Entre intereses, impuestos, comisiones, pagos a notaría, seguros... Te vuelves loco solo con pensar en todo el dinero que se te va. Y la opción del alquiler no es mejor. Digamos que con la compra de una vivienda te la meten de golpe y con el alquiler más poquito a poco. Pero al final es lo mismo: acabas jodido igualmente.


No sé si os acordáis los de mi generación. Yo soy del 80. En aquella época mis abuelos le regalaron la casa a mi madre, a tocateja la compraron. Un millón y pico de pesetas solamente costó. Ojo, que un millón y pico en aquella época era un dinero. Pero nada nada que ver con lo de ahora. De hecho, mis abuelos no eran adinerados, solo trabajadores y ahorradores, y pudieron regalarle la casa a mi madre y a sus dos hermanas. Insisto, no es que tuvieran mucho dinero sino que, simplemente, antes, se podían hacer esas cosas.


A mediados de los 90´s empezó a complicarse el tema. Subió el precio de la vivienda. Subió y subió, y siguió subiendo, y lo asumimos, sin más. Total, había mucho trabajo, apareció internet. Y también subieron los sueldos. El problema es que no solo subió la vivienda, también la luz, los alquileres, los cafés. Sobre todo a partir de la llegada del euro, el precio de la vida subió mucho. Y los sueldos también subieron, sí. Pero no al mismo ritmo. Solo hay que hacer memoria para saber esto.


Sin embargo, no fue mal el asunto, ¿verdad? Hoy, tenemos un montón de cosas, así que no nos podemos quejar. Al menos, los que tenemos trabajo. La clase trabajadora de hoy día tiene casa (ya sea en propiedad o en alquiler), tiene mucha ropa, tiene móviles y ordenadores, tiene Netflix, tiene la nevera llena y todavía hay quienes tienen la suerte de que les sobre dinerito para alguna juerga los fines de semana y un viajecito o dos al año. No está nada mal. El sistema funciona.


Eso sí... también tenemos estrés. Mucho estrés. Otra diferencia sustancial con los tiempos de antaño es que los trastornos de ansiedad y depresión han aumentado. Bastante. La OMS estima que, en 2020, la depresión ha pasado del quinto puesto en el ranking mundial de enfermedades que causan muerte y discapacidad, al segundo lugar.* Según el INE, más del 60% de los españoles sufre algún tipo de estrés en el entorno laboral, siendo clave en su salud general, psicológica y física.** 


Trabajamos mucho y muy deprisa, comemos peor porque no tenemos tiempo para cocinar, dormimos peor porque cuesta desacelerar el ritmo. Y si comes peor y duermes peor no es irrisorio pensar que enfermas más. Sin embargo, la esperanza de vida aumenta (en los países ricos, claros), así que, ¡esto sigue funcionando!


La esperanza de vida aumenta gracias a los avances tecnológicos y de la medicina. Vivimos (o duramos) más. Pero, ¿con más salud?


Otra cosa que ha cambiado son las relaciones. Sí, ahora estamos más conectados que nunca, pero, quizá seas padre o madre y te gustaría pasar más tiempo con tus hijos, y no puedes. O hijo, y te gustaría visitar más a tus padres. "No puedo, mamá, el trabajo". ¿Os suena? El 39,8% de las personas mayores de 65 años presentan soledad emocional.***


Frente a los cambios económicos que hemos tenido en las últimas décadas y que, como vemos, tienen un impacto positivo y negativo en nuestro estilo de vida, salud y relaciones, hay personas que optan por querer salirse de la "rueda del hámster". Lo puedes llamar de muchas maneras: decrecimiento, economía de desarrollo sostenible, consumo consciente o irte a vivir al campo. La idea al final es simple: tener menos. Si necesitamos tener menos cosas, podremos trabajar menos (y tener más tiempo de vida para nosotros), y, de paso, como consumiremos menos necesitaremos explotar menos, por lo que le estaremos echando una mano al planeta (que no le viene nada mal).


Sin embargo, el Sistema ya había pensado en esto. El Sistema, un día, se dijo algo como: "Va a llegar un momento en el que haya gente que no quiera tantas cosas y van a tratar de trabajar menos y consumir menos. Y eso no es bueno para mí". Y se inventó la solución: si tenemos que trabajar mucho para pagar, a un alto coste (no solo económico, como hemos visto, también personal), las cosas esenciales de la vida (vivienda, luz, agua, comida, internet, educación, salud...), todos somos hámsters atados a la puta rueda de rodar y rodar.


El Sistema nos tiene atrapados. Exprimiendo cada gota de nuestro sudor.


Pero, ¿quiénes conforman ese "malvado" sistema? ¿Poderes en la sombra? ¿Los masones? ¿Extraterrestres disfrazados de humanos? No, no hace falta usar tanto la imaginación.


El Sistema lo conformamos todos, porque todos formamos parte de la cadena de producción y consumo. Aunque, dentro de esa cadena, quienes más tienen para producir, mayor capacidad también para decidir sobre los costes y los beneficios en la cadena (en la vida... en tu vida). Exactamente, hablo de los mercados. Hablo del puto banquero que se inventa intereses y comisiones para ponerte la hipoteca por las nubes. O del empresario que decide cuánto del valor de riqueza que tú produces con tu esfuerzo te quedas tú y cuánto él. O del corredor de Bolsa de Wall Street que compra barato y te lo vende muy caro.


¿Y por qué hacen eso? ¿Son malas personas? ¿Todos forman parte de un plan para obtener cada vez más poder y dominar el mundo o simplemente se trata de mentes sádicas que disfrutan con el sufrimiento ajeno? De nuevo, exceso de imaginación. La respuesta es más simple:


En 1965, los directores generales ganaban 20 veces lo que los trabajadores de base. En 2013 ganaban 296 veces esa cantidad. De 1973 a 2013, los salarios aumentaron solo un 9%; la productividad un 74%. Es decir, los trabajadores han estado produciendo mucho más de lo que reciben de sus empleadores.****


Explotación laboral encubierta. Esclavitud sumergida.


Tienes casa, tienes móvil y tienes Netflix. Al cambio, no tienes tiempo para jugar con tus hijos o visitar a tus padres porque has de trabajar mucho para pagar todas esas cosas... y para pagarle el yate al banquero, el caddie al empresario, la coca y las putas al corredor de Bolsa.


Trabajas mucho para tener muchas cosas y que otros (unos pocos) puedan tener mucho más. Este es el Sistema.


Quizá, lo más sorprendente de todo (y lo que a mí me toca más las pelotas) es que no parece que necesitemos tantas cosas para ser felices. La psicología (para quien no lo sepa, una ciencia) ha estudiado la relación entre dinero y felicidad y no ha encontrado un correspondencia clara y directa. Concretamente, la teoría conocida como la Paradoja de Easterlin postula que, a partir de unos ingresos moderados, aumentar el nivel de ingresos no hace a las personas más felices.*****


Entonces, ¿por qué si el banquero no es más feliz con un yate de lo que puede serlo una persona normal y corriente tumbada en la playa tomando el sol, el primero jode al segundo con intereses abusivos? Muy sencillo. Porque el banquero no será más feliz, pero él no lo sabe.


Nos hemos criado en una cultura hedonista en la que el dogma dominante es tener más para ser más feliz y, sin embargo, el que no es infeliz porque es pobre lo es porque come mal, duerme peor y tiene ansiedad y depresión.


La línea de pensamiento del decrecimiento, las teorías de desarrollo sostenible, el consumo ético y consciente o el cómoloqueráisllamar, yo lo llamaré El Cambio producir menos - consumir menos, no sirve solo para frenar la explotación ilimitada de un planeta con recursos limitados (basar la economía en este modelo es lo mismo que organizar las rutas marítimas creyendo todavía que La Tierra es plana), ni solo para salvar a la humanidad del cambio climático ni solo para erradicar la pobreza y superar las desigualdades socioeconómicas globales fruto de la acumulación de riqueza de las élites que tienen el control de la producción y le ponen coste a la vida. El cambio es para ti. Para mí. Para nosotros, hijos y padres de la clase media trabajadora. Para ser felices. Para vivir mejor ahora y los años que nos queden de vida.


Pero, aunque la toma de consciencia y la responsabilidad individual no son solo importantes, sino necesarias, también son insuficientes. Porque el Sistema, como ha demostrado a través de la Historia, siempre encontrará la manera de que no salgamos de la rueda y así seguir exprimiéndonos.


Por ello, hemos de ser capaces de construir un nuevo modelo social, político y económico global en el que no existan clases, en que todas las personas tengan unos ingresos medios. No en el que todos tengamos lo mismo, por supuesto que ha de haber diferencias. Pero estas han de ser moderadas y controladas. Acabar con las millones de muertes por falta de recursos cuando hay recursos para todos, superar la vida de subsistencia y mejorar nuestra salud y bienestar pasa por ponerle límite a la ambición humana y depredadora que nos está devorando desde dentro.


En definitiva, si queremos construir un mudo más humano, justo, feliz y con futuro no basta con salirse de la rueda. Hay que quemar la rueda.


Y matar al puto banquero.


Fuentes:

https://es.wikipedia.org/wiki/Depresi%C3%B3n

** https://www.europapress.es/chance/lifestyle/noticia-mas-60-espanoles-sufren-estres-estar-conectados-24-horas-sentirse-viejenial-20181016081229.html

*** http://www.copmadrid.org/wp/la-soledad-no-deseada-en-los-mayores-un-problema-de-todos/

**** https://www.climaterra.org/post/el-plan-radical-para-salvar-el-planeta-trabajando-menos

***** https://es.wikipedia.org/wiki/Paradoja_de_Easterlin

domingo, 21 de octubre de 2018

LO QUE MÁS VALE EN EL MUNDO ES EL DINERO



Las personas de la mayoría de los países vivimos en una sociedad en la que el dinero tiene un papel básico.

Eso a priori no tiene por qué ser malo, puede ser incluso un buen sistema: en razón a mi esfuerzo y productividad se me compensa con un dinero que me sirve para acceder a distintos recursos que son limitados.

El dinero en sí no es malo. Ni siquiera el capitalismo en sí es malo.

El problema aparecería si el dinero fuera el valor más alto dentro de nuestra escala de valores. El problema... El problema hace tiempo que ya ha aparecido.

Cada persona puede tener su propia escala de valores. Pero no podemos obviar que la escala personal de cada uno va a estar muy condicionada por la escala social, el pensamiento individual está influenciado por la mentalidad colectiva.

En el sistema económico capitalista, mantenido y fortalecido por las políticas neoliberales que rigen a la mayoría de países ricos, el dinero es el primer valor. Y cuando el dinero se convierte en el valor máximo, por encima de otros valores como la dignidad, la solidaridad, el amor, la tolerancia, el respeto, la felicidad o incluso la propia vida, aparecen consecuencias que no son muy positivas para el desarrollo de las personas y de las comunidades.

Si el dinero es el valor máximo, qué impide que:

- Se puedan invadir países a cambio de petróleo.

- Se puedan vender armas a países que matan población civil indiscriminadamente.

- Se pueda negar la entrada a personas que huyen del hambre y las guerras, porque "nos van a quitar trabajo".

- Se pueda hacer negocio con productos de primera necesidad como la vivienda, la energía o los alimentos básicos.

- Se pueda vender comida con todo tipo de productos químicos que afectan de manera negativa a nuestra salud.

- Se pueda administrar medicamentos que no sanan y que además provocan efectos secundarios y dependencias.

- Se pueda maltratar a un animal hasta la muerte en una plaza de toros, y a muchos animales más en granjas hacinadas, para sobrealimentarnos.

- Se pueda echar a familias de sus casas porque prima el interés de los bancos.

- Se pueda explotar laboralmente a todo tipo de personas de cualquier edad y en cualquier parte del mundo.

- Se pueda permitir que unos pocos en el mundo tengan más que los miles de millones más pobres.

- Se pueda acabar lentamente con el planeta, matando el futuro de nuestros niños.

- Se pueda educar a nuestros hijos para que sean productivos, en lugar de enseñarles a ser felices.

Todo esto pasa hoy en el mundo porque el dinero está por encima de todo.

Podemos revertir el orden de esta escala. ¿Cómo? Revirtiendo nuestra propia escala de valores.

Saliéndonos del guión establecido, superando el modelo mental social dominante. Pensando de manera autónoma y crítica. Libre.

Y actuando con coherencia a nuestra propia escala de valores.

Si para ti el amor, la felicidad, la vida, están por encima del dinero, recuérdatelo muy a menudo, pregúntate si estás viviendo conforme a ello, y si no lo estás haciendo: ENTONCES CAMBIA.

Porque puede que tú no cambies el mundo, pero el mundo sólo cambiará, si tú cambias.

Un abrazo.