"Si luchas, puedes perder. Si no luchas, estás perdido".


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domingo, 5 de mayo de 2024

UN PSICÓLOGO NEURÓTICO CONTRA EL NEOLIBERALISMO



Muchos de los que me leéis quizá ya me conozcáis y otros no. Para los que no, me presento: soy David Salinas, psicólogo, de Málaga (España).


Dada mi profesión, sé de la importancia de detectar las causas de un trastorno (no suele haber una, sino que son múltiples y complejas), para establecer un tratamiento. Los psicoanalistas se pueden pasar toda una vida con un paciente en busca de este fin, hurgando en la infancia y en los traumas, pues consideran que cuando la persona es capaz de construir un relato que le facilita entender el motivo de su sufrimiento, sana.


En la sociedad actual, en la que todos estamos enfermos (el número de trastornos de ansiedad y depresión cada vez es mayor, son más los pacientes que van a profesionales de la salud mental y muchas más las personas que se medican con psicofármacos, sobre todo en España, y cada vez hay un mayor conceso sobre la afirmación de que vivimos en "una sociedad enferma"), la mayoría de la gente está muy desconectada de un relato explicativo y, por ende, de entender el origen de su sufrimiento.


Y eso es, en parte, porque se nos ha intentando vender la película de que si estás mal es porque algo tienes (causas biológicas) o algo te ha pasado (has tenido una mala vida: traumas) o algo malo has hecho (no has sido lo suficientemente fuerte y te has roto). Es decir, la causa de tu mal es puramente individual. Es decir, un relato que casa estupendamente bien con el individualismo de la era neoliberal. 


Sin embargo, el modelo de salud mental actual es un modelo biopsicosocial. A cómo haya nacido el individuo y a lo que le haya pasado y a lo que haya hecho, deberíamos sumar también la pregunta: ¿qué le hemos hecho todos? O qué estamos haciendo tan mal para que habiendo, supuestamente, crecimiento económico, las personas seamos cada vez más infelices.


Para contestar a esa pregunta, hay que construir un relato. Y para construir ese relato, al igual que los psicoanalistas, tendremos que viajar al pasado.


Hoy día, muy poca gente que conozco sabe lo que significa la palabra "neoliberalismo". Lo cual es bastante preocupante, partiendo de la base de que el modelo económico actual en el mundo globalizado  es el neoliberal, y que este condiciona nuestro estilo y condiciones de vida. De ahí esa desconexión con nuestro relato de la que hablaba antes.


El neoliberalismo o también llamado "capitalismo egoísta" es una doctrina económica que ya empezó a aplicarse a modo de ensayo en algunos "países laboratorio" de Latino América, como Chile, y que tuvo su auge en los años 80 con las administraciones de Thatcher en Reino Unido y de Ronald Reagan en USA, convirtiéndose en el paradigma predominante a nivel político, económico e incluso social, hasta hoy. Aboga por la libertad económica y el libre mercado, apoyándose para ello en la desregularización y en la privatización. Los neoliberales no quieren un "Nanny State" (Estado niñera) que coarte la capacidad del individuo para desarrollarse, y en cambio defienden que los mercados tienen, por sí mismos, sin intervención del Estado, la capacidad de autorregularse y potenciar el crecimiento económico, contribuyendo así a la mejora de la calidad de vida de todas las personas.


Suena bonito lo que dice el dictado liberal. Pero, ¿sabéis qué suena más bonito? Las palabras de los intelectuales. ¿Por qué coño no se nos escucha a los intelectuales más? Y por intelectuales me refiero a científicos, psicólogos, sociólogos, filósofos, historiadores, escritores, investigadores... Estos, nosotros, tenemos la capacidad de ver el mundo. De ver cómo somos y por qué. Os ofrecemos un relato bastante creíble.


Hace poco más de un año empecé terapia. Como paciente, quiero decir. Tuve una crisis bastante chunga, así que acudí a Laura, mi psicoterapeuta (actualmente lo sigue siendo), y me ayudó un poco a que me salvara la vida. Yo le dije a Laura que soy neurótico (los neuróticos somos personas casi siempre en alerta, nos cuesta relajarnos, así que nos preocupamos bastante) y ella no me dice ni que sí ni que no, huye de las etiquetas. Pero un día me dijo que yo veía el mundo, que tengo esa capacidad. Los neuróticos tienen cosas malas, pero también buenas: como pensamos tanto, somo más analíticos, y capaces de obtener un mayor número de razonamientos y sacar más ideas creativas. Por eso pienso que entre los intelectuales, pensadores, investigadores y creadores, debe haber mucho neurótico.


El caso es que, ojito conmigo, porque yo os veo. Os vemos. Y somos capaces de construir el relato de lo que ha sido el capitalismo en estas algo más de cuatro décadas de doctrina neoliberal. Y cómo nos ha jodido la vida a todos.


En los años 50, 60 y 70, en España, a pesar de vivir en una dictadura postguerra, un trabajador podía, con relativa facilidad-dificultad, comprarse una casa, pagarla en unos diez años y criar, con la inestimable colaboración de su mujer, por supuesto, una familia numerosa. Tenía trabajo estable. Solo entraba un sueldo en el hogar. Con suerte, y ahorrando, podrían comprar una vivienda más y destinarla a uso vacacional o al alquiler para conseguir ingresos extras. No es coña. Mis abuelos era trabajadores de clase media baja, ella era limpiadora del Materno de Málaga, él administrador de comunidades, limpiaban bloques ambos, ahorraban muchísimo porque apenas tenían gastos (no eran de bares, y discotecas en su época no había), y entre los dos consiguieron comprarle el piso a tocateja a mi madre y a mis dos tías. 


Algo así, hoy día, es impensable. Actualmente, gracias al neoliberalismo, que sacia las ansias infinitas del mercado de más flexibilidad laboral en aras de una mejor competitividad y una mayor productividad, la precariedad laboral es un hecho más que consumado, al igual que el excesivo incremento del precio de la vida, muy por encima de las subidas salariales. Consecuencias: tardamos más en emanciparnos, quien lo consigue, vivimos más asfixiados económicamente, y con la soga al cuello en muchos empleos que no contienen seguridad alguna.


Y en un contexto como este, en el que la incertidumbre económica y laboral es mayúscula, y en el que la presión económica es altamente abusiva (ejemplo claro: la vivienda, un bien de primera necesidad con el que las personas además iniciamos proyectos de vida, y que hoy se ha convertido en un objeto de lujo de muy difícil acceso), con estas condiciones ambientales, ¿se nos pide que nos mantengamos sanos mental y emocionalmente? "No te rompas". Se rompió hace poco el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, por la presión incesante de la oposición (oposición ultra neoliberal, por cierto), ¿no nos vamos a romper nosotros que no vivimos en el palacete de La Moncloa ni poseemos la seguridad económica y laboral que él sí tiene? 


Estamos agobiados y estamos deprimidos, y es normal. Y la culpa, el motivo, es claramente social: es el neoliberalismo. Las personas, los seres humanos, sí necesitamos de un "Nanny State", no para que nos coarte nuestra capacidad de desarrollo individual (esta se puede estimular, reforzar, dentro de un modelo que implique mayores medidas sociales), sino para que nos proteja, para que nos apoye, para que nos cuide.


Las personas somos tribu. Somos animales racionales y sociales. Desde siempre, hemos necesitado a la comunidad para salir adelante, porque solos es más difícil. En el modelo neoliberal, "el individuo" (entiéndase que para ellos, para los neoliberales, somo individuos, no personas ni seres humanos, más bien individuos que producen y consumen, fin), se las puede apañar solo. Es un sistema altamente individualista que propaga la competitividad y el "sálvese quien pueda", en oposición al cooperativismo y la filosofía comunitaria de sistemas más sociales. En este contexto, las personas se sienten más solas y desprotegidas frente a un mercado económico y laboral que, encima, es cada vez más hostil y depredador. Sálvese quien pueda y nunca mejor dicho.


Por nuestra salud y por nuestra felicidad, y, que no es poco, también por el bienestar de los animales (la consciencia sobre el sufrimiento animal ha crecido enormemente porque ahora sabemos que los animales son seres sintientes que sufren emocionalmente), por la supervivencia del planeta (el neoliberalismo aboga por un crecimiento económico indefinido, lo cual es una idea absurda, totalmente incompatible con la naturaleza finita de los recursos de nuestro entorno), y por una cuestión de justicia social (el crecimiento económico ha aumentado en las últimas décadas neoliberales, pero también lo ha hecho la desigualdad; se crece económicamente, pero se lo llevan casi todo cuatro hijos de puta...), hemos, por todo ello, tomar consciencia de lo que nos ha pasado y nos pasa, entender el relato, y construir uno nuevo. Cambiar, de una vez, el modelo económico-político-social liberal, un paradigma que es totalmente tóxico y mortal para la salud y bienestar de las personas y de los pueblos.


Quizá solo haga falta, para ello, volver a los 50-60-70, cuando el modelo económico preponderante era la social democracia, y sí que había un Estado (y Estado somos todos, no solo los políticos y los burócratas, Estado = tribu) más proteccionista con la clase trabajadora. Quizá haya que abrazar el brazo de la hoz. Quizá haya que inventarse algo nuevo. O quizá todo empiece por recuperar esa consciencia y ese movimiento obrero que nos llevó a tantos avances sociales y que con la era del hiper individualismo neoliberal se ha difuminado entre tanta pantalla LED y tanta macro red de estímulos cibernéticos.


En relación a esa pérdida de la consciencia de clase (hoy todo el mundo quiere ser de clase media, que suena más "limpio" que clase obrera y, además, otorga la ilusión de que un día se pueda pertenecer a la clase alta), hay que tener en cuenta que, no lo olvidéis, "os veo", y sé, como buen psicólogo que soy (o eso es lo que intento), que, por supuesto, la cultura predominante nos cambia la escala de valores predominante. Hoy día, afortunadamente, todavía quedamos mucha gente que prioriza la igualdad social de los sistemas más colectivos frente a la libertad individual del neoliberalismo. Pero eso no significa que la libertad esté en juego, sino que entendemos que la libertad ha de ejercerse con responsabilidad. ¿Y qué responsabilidad hay en cargarte la felicidad colectiva de tu comunidad para llenarte los bolsillos de billetes? La igualdad y la libertad son compatibles; pero es necesario sacrificar parte de nuestra libertad (para que no podamos hacer lo que nos dé la gana sin importar qué efecto tenga en el prójimo; para no convertirnos en unos capitalistas egoístas como los neoliberales), en pos de construir una sociedad más igualitaria, más amable y, gracias a ello, más feliz, ya que, enterémonos de una puta vez, la felicidad es un constructo social, no individual. Se es feliz cuando se está en un entorno feliz. Pues, teniendo en cuenta esto, digo, hemos de ser conscientes de que una consecuencia lógica del neoliberalismo es que cada vez hay más personas más egoístas. Y que, a fin de cuentas, no se trata tanto de una lucha de razones (mis razones son más razonables o lógicas que las tuyas) como de preferencias. Claro que el neoliberalismo funciona: funciona si te importa una mierda cómo les vaya a los demás mientras a ti te vaya bien. En una lógica narcisista (y hoy hay mucho de eso, porque somos lo que mamamos, y hemos mamado neoliberalismo durante demasiado tiempo), ese razonamiento es indestructible. La clase obrera, la renacida clase obrera (o eso espero) no debe entrar en un debate de "tenemos la razón", sino en una lucha de intereses: debemos saber bien lo que nos interesa y luchar a hierro por ello.


Nos interesa volver a una sociedad de cuidados, en la que nos sintamos protegidos, en la que la convivencia (y con ella, las relaciones laborales y económicas) sea más amable. Nos interesa estar sanos íntegramente (física, mental, emocional y socialmente). Y sabemos bien cuál es el camino para ello. Porque, ahora sí, tenemos nuestro relato.


Solo un apuntes más: ¿y no será todo esto una manipulación izquierdista y, en realidad, el neoliberalismo no es tan malo? Después de todo, desde los 80 para acá, ¿la calidad de vida no ha mejorado?


Es una  buena pregunta, fácil de contestar. En primer lugar, como apuntaba antes, el crecimiento económico y la mejora de la calidad de vida se han dado de manera muy desigual. Si miramos a nivel global, el mundo desarrollado es muy pequeño en comparación con los muchos países subdesarrollados que existen y las miles de millones de personas en situación de pobreza o en riesgo de. Pero es que, además, en los países sí desarrollados, en los más ricos, también se da esa situación de desigualdad. Una desigualdad que además crece por la propia inercia acaparadora del neoliberalismo (el capital acaba cada vez más en manos de unos pocos). En la primera potencia económica del mundo, Estados Unidos (con el permiso, además declarado, de China), hay más de seiscientos mil homeless (se marcó récord en 2023) y muchísimos trabajadores que no pueden pagar una cobertura médica. En Cuba, por cierto, ninguno. En España, tras los restos de la crisis de 2008, todavía hay muchísimas personas que van a comedores sociales, que están esperando un desahucio, que son pobres energéticos... Estos datos de pobreza y desigualdad puede que no importen un pimiento a los neoliberales narcisistas y faltos de empatía, como por ejemplo Ayuso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, que afirma sin rubor que la justicia social es un invento de la izquierda. Pero a nosotros sí que nos importan, y mucho.


En segundo lugar, hay que tener en cuenta dos factores. El primero, el incremento incesante de la población. Desde los años 80 hasta hoy, la población mundial ha crecido muchísimo, y en España, gracias en gran parte al movimiento migratorio, también. Esto ha llevado a un incremento de la actividad económica, claro. Si hay más gente, hay más para vender, hay más para producir, se recibe más turismo, se crean más proyectos innovadores porque hay más cabezas pensantes... El segundo factor es que hemos de ser conscientes, contemporáneos, de la gran revolución que hemos vivido. En la historia de la humanidad ha habido tres grandes revoluciones económicas: la revolución agrícola, la revolución industrial y la nuestra, la revolución tecnológica. Ordenadores primero, luego internet, después móviles y smartphones, ahora la IA y la robótica... Todo ello ha facilitado un mundo comercialmente globalizado, como nunca antes, y un desarrollo económico sin precedentes. Y, sin embargo, ¿os imagináis cómo hubiera sido este auge tecnológico bajo el amparo de un sistema económico social? ¿Se hubiera repartido de una manera más equitativa el aumento de los márgenes de beneficios? ¿Estaríamos hablando del fin de la pobreza y la desigualdad? ¿Quizá trabajaríamos menos y tendríamos más tiempo para dedicarlo a nuestras familias, amigos y proyectos personales?


Para acabar ya, y en relación a esta última pregunta, otra consecuencia cultural del neoliberalismo y, por tanto, mental (lo cultural, la consciencia colectiva, acaba incidiendo en la mentalidad de cada uno, obvio), es que se asocia la felicidad con el acceso a bienes y servicios. Si tienes poder adquisitivo, eres feliz, y mientras más poder económico tengas, más feliz serás. De nuevo, qué importante es escuchar a los intelectuales, a los que sabemos del tema, no porque seamos más listos, sino porque hemos estudiado, investigado y dedicado horas de mucho análisis y reflexión al objeto de estudio: la felicidad no es una cuestión ni de dinero, ni de poder, ni de estatus, ni de puto ego narcisista. Quien no tiene suficiente dinero para hacer frente a una vida segura y tranquila, sufre; quien lo tiene, no sufre, siempre y cuando se den otras condiciones. Somos felices cuando nuestro entorno lo es, como dije antes, cuando nos sentimos seguros y protegidos porque disponemos de una tribu que nos apoya y nos acompaña, y cuando somos capaces de hacer cosas que son coherentes con nuestra escala de valores, es decir, cuando nos sentimos bien haciendo lo que hacemos, o viviendo como vivimos, porque percibimos que es bueno.


Nos sentimos bien cuando sentimos que estamos haciendo el bien. Hoy, en un sistema neoliberal, en un modelo de capitalismo egoísta, nadie se siente bien, muchos porque sobreviven ("sálvese quien pueda") y otros porque son adictos al dinero, al estatus y al ego, inconscientes de que nada de eso les hace realmente felices. Hasta que un día, nuestro puño en alto les haga despertar de su sueño yonqui y se estrellen de bruces contra sus consciencias todavía aletargadas...


... o con nuestro puño en sus narices y nuestro grito de rabia exigiéndoles ¡¡¡FELICIDAD!!!

domingo, 21 de mayo de 2023

LA SUPUESTA SUPERIORIDAD MORAL DE LA IZQUIERDA



Según Yuval Noah Harari, historiador y autor del bestseller Sapiens, de animales a dioses, toda la gente que forma parte de la humanidad y pertenecen a distintas corrientes políticas o económicas, ya sea izquierdas, derechas, liberales, comunistas, social demócratas, republicanos, progresistas, conservadores y etc., pueden ser clasificados, en realidad, en dos grandes grupos: aquellos que priorizan la libertad individual por encima de todo y los que priorizan el bien común.


Si seguimos esta clasificación, cuando una persona de derecha (que prioriza la libertad individual) debate con una de izquierda (que prioriza el bien común), ni uno ni otro tiene la razón o se equivoca. Simplemente, uno va a pensar y actuar de forma consecuente con su principal prioridad, y por lo tanto van a pensar y actuar distinto porque tienen prioridades diferentes.


Habría que matizar que a la persona de derecha no le tiene por qué ser indiferente el bien común, solo que es este un bien que queda por debajo, en orden de prioridades, a la libertad individual, igual que la persona de izquierda no tiene por qué rechazar la libertad individual, solo que prefiere el bien común antes que aquella. En este sentido, y partiendo de la base de que ambas elecciones son libres y legítimas, ¿no nos están dando estas escalas de prioridades una información acerca de cómo son estas dos personas? Como mínimo, nos está diciendo que la persona de derecha es más egoísta que la persona de izquierda.


Y esto no es un juicio. Es una obviedad.


Como lo es que, en el sistema socioeconómico liberal, el preponderante hoy en el mundo, se da barra libre para que rasgos de personalidad que siempre se habían considerado vicios, como el egoísmo, la vanidad, la avaricia y codicia o la hostilidad, sean desarrollados y potenciados por los individuos como armas que les permiten prosperar... normalmente a costa de quienes no son así.


Cuando se habla, en tono denigrante, de la "supuesta superioridad moral de la izquierda"... ¿no será verdad? ¿No será verdad que, en efecto, somos moralmente superiores?


El liberalismo (o neoliberalismo, que es lo que tenemos ahora, gracias a las políticas Reagan-Thatcher), defiende la libertad individual por encima de cualquier cosa, incluso del bien de las comunidades (del bien común), y al hacerlo, señala con el dedo, acusa y condena a aquellos que se atreven a decir qué está bien y qué está mal, porque el hombre (y la mujer) que actúa libremente ya sabe qué está bien o mal (para ellos mismos) y nadie, exceptuando la ley, ha de decirles lo contrario. Por eso, una líder política como Ayuso, del grupo de los que, claramente, prioriza la libertad individual, dice que la justicia social es un invento de la izquierda. Claro. Y menos mal que la inventamos, oye.


Por mucho que los liberales quieran llevar la razón (la que más les conviene según su intereses), resulta que siempre hay y habrá, más allá de la ley, cosas que están bien y cosas que están mal. Se llama ética. Se llama moral. Y al mundo no le vendría nada mal que muchos estudiaran un poco de esas dos materias.


Porque, ya seas de izquierda, socialista, comunista, o sin etiquetas políticas, si piensas un poco como yo, si tu prioridad es el bien común, si quieres vivir en un mundo menos egoísta, competitivo y materialista, y más colectivo, cooperativo y humano, tienes derecho a expresarlo y a reclamarlo, sin ningún tipo de pudor.


Que no te avergüence ser superior moralmente. Porque lo eres. Y está bien. Es tu don. Aprovéchalo. ¡Un abrazo!  

domingo, 19 de febrero de 2023

MALOS TIEMPOS PARA EL AMOR



Llevaba un tiempo largo sin escribir en Diario. Y los motivos han sido la ansiedad y la depresión. Sí, en un mundo en el que los trastornos mentales y emocionales van en aumento, los psicólogos tampoco estamos exentos de padecerlos.


La explicación de este incremento, muy posiblemente, sea multifactorial. Y, dentro de esos múltiples factores, resulta una evidencia que el modelo de sociedad en el que vivimos es más que influyente. Muchos de los problemas psicológicos de las personas que, por ejemplo, acuden a mi consulta, están potenciados por el estrés, la incertidumbre, las conexiones interpersonales cada vez más frágiles, el estilo de vida hedonista...


Sin embargo, los problemas de sufrimiento moral no devienen de esta época actual, sino que ya existían mucho antes. Los primeros, quizá, que se interesaron por la naturaleza de la felicidad y la infelicidad humanas fueron los filósofos griegos, con Sócrates a la cabeza. Estos pensadores se preguntaban cómo se podía vivir una buena vida, y en su afán de encontrar respuestas dieron con una serie de virtudes y una serie de vicios, es decir, una serie de actitudes y conductas que propiciaban o dificultaban esa buena vida, ya fuera en el plano individual como en el comunitario. Por ejemplo, para la mayoría de filósofos, el arte, la cultura, la templanza, el equilibrio, la razón y la búsqueda del bien común, eran virtudes. Mientras que la soberbia, el orgullo, el egoísmo, el dejarse llevar por las pasiones y la avaricia eras vicios.


La avaricia. Es curioso, ¿verdad? Sí, es curioso, porque precisamente lo que fue valorado como un vicio del alma humana por grandes pensadores de la antigüedad es ahora, en tiempos del capitalismo, valorado como una virtud. Son los avariciosos los que más prosperan en la era del capital. No es que esté permitido ser avaricioso, no es que se perdone, es que se premia. Y, con ella, gracias al "blanqueamiento moral" de la avaricia, también se acaba reforzando la individualidad, el egoísmo, la competitividad y el materialismo.


Así pues, en una escala de valores como esta, con la que los sabios antiguos vomitarían al conocerla, ¿qué impide al presidente de los empresarios en España incrementarse el sueldo hasta los 400.000 euros anuales al tiempo que pide que no se suba el sueldo mínimo de los trabajadores? (noticia aquí) ¿Qué impide a los directivos del IBEX 35 cobrar 123 veces más que el sueldo medio de los empleados de sus empresas? (aquí) ¿Qué impide que los banqueros y dueños de las energéticas, que han aumentado en mucho sus ingresos millonarios gracias a los efectos colaterales de la invasión a Ucrania, se opongan a pagar un impuesto especial para gravar esos beneficios extraordinarios? (aquí) Y, sin irnos tan pa´rriba en la escala social, ¿qué impide a un "pequeño propietario" (entre una y diez viviendas), que tiene más ingresos económicos que su inquilino, ahogarlo con una renta a precio de mercado desorbitada? (aquí


Pues, así las cosas, ¡como para no volverse loco, ¿verdad?!


Sin embargo, quiero terminar este nuevo post-post-enfermedad con un tono positivo. Todavía tengo esperanza. Esperanza en que gente como tú no defiende esta escala de valores y sabe distinguir entre lo que es un vicio (codicia) y lo que es una virtud (búsqueda del bien común). Gente que, independientemente de las siglas (PSOE, PP, Podemos...) y de las etiquetas (capitalista, comunista, socialdemócrata...), aspira a un modelo social distinto al que tenemos, un modelo en el que el valor sea la cooperación y no la competitividad, el desarrollo personal y comunitario y no el materialismo, la amabilidad y no la hostilidad, el amor y no el dinero.


Un mundo más sano... y que no sea una locura. Gracias.

domingo, 27 de febrero de 2022

EL ACCIONARIADO

 Así funciona el mundo:

Si un país invade a otro país, si ejerce cualquier tipo de acción belicosa contra él, debería ser bloqueado y, por ende, aislado económicamente del resto del mundo. Se han de ejecutar, por tanto, duras acciones económicas contra el país invasor.

Sin embargo, hacerlo tendrá repercusiones negativas contra las economías de los países sancionadores, ya que nos encontramos en un mundo económicamente interdependiente: la globalización. Así, por ejemplo España, y Europa en general, compra mucho petróleo y gas a Rusia, vende gran diversidad de productos a Rusia, y tiene empresas que hacen negocios en Rusia.

Estas repercusiones negativas en la economía de los países sancionadores serían fácilmente compensadas, repito: fácilmente compensadas, si los Estados, en situaciones de crisis como estas, que no afectan a Rusia y a Ucrania únicamente, sino a todos, intervinieran en el sector privado para paliar los efectos de la crisis repartiendo los ingresos de las organizaciones y fortunas que más beneficios obtienen, a través de fuertes subidas de impuestos y de control de los precios. Sería algo así como pedir (o exigir) a los tenedores de capital privado que arrimen el hombro, decirles que cuando las cosas van bien no pasa nada pero que cuando van mal tienen que ayudar a la sociedad que compra sus productos y servicios, repartiendo parte de sus beneficios en esa sociedad, y, por tanto, disminuyendo sus beneficios durante el periodo de crisis.

Esto ya de por sí es difícil. No, no es fácil imaginar a grandes empresarios y fortunas queriendo colaborar. Pero, sí que podríamos pensar que si la situación fuera muy complicada para todos  y el legislador se pusiera en su sitio, los magnates del mundo acabarían cediendo. Total, ya son multimillonarios, qué más les dará ganar menos millones, o incluso perder unos cuantos. ¡Si ya tienen dinero para muchas vidas!

Pues no, porque el mundo en el que vivimos es más complejo que eso. Resulta que las grandes empresas (las grandes tenedoras de capital) obtienen beneficios millonarios gracias a su capacidad de conseguir inversión. Gracias a los accionistas. Esta figura, el accionariado, es más compleja que la clásica figura del burgués capitalista con un sombrero que tiene el signo del dólar dibujado y que está fumando un puro. Un accionista puede ser tu vecino, tu amigo, tu padre. Un accionista suele ser una persona con dinero, sí, pero no tiene por qué ser tan rico, y mucho menos millonario. Puede ser una persona de clase media alta, o una persona de clase media media con unos ahorrillos. Y este personaje, el accionista, es una persona que ha metido su dinero en una entidad para verlo crecer y crecer y crecer. Lo que más que pueda crecer. Y si una empresa empieza a perder beneficios, o incluso solamente con que gane menos beneficios que el año anterior, el accionista ¡huye despavorido!, tomando su dinero y llevándoselo a otra empresa, o a otro país que no legisle en contra de sus acciones. Lo que pone en jaque al magnate empresario, que no quiere ver como su empresa desaparece, lo que ata de pies y manos al legislador, que no quiere provocar una fuga de capitales que signifique la pérdida de montones de empleos. Es así que, posiblemente, la figura del accionariado sea el eslabón más importante de la cadena.

Y este es el mundo que hemos creado y en el que vivimos. Un mundo cruelmente insolidario y competitivo, en el que ganar dinero, en el que seguir ganando dinero, está por encima de las muchas vidas humanas que se pueda llevar una guerra. Y quizá, pienso que quizá, para cambiar este mundo, no solo haya que poner el foco en el político y en el empresario (que también), sino en el vecino, en el amigo, en el padre. Para decirles que lo más importante, lo más más importante en el mundo, nunca debería ser el dinero, sino el amor.




jueves, 6 de enero de 2022

SOY ANTICAPITALISTA Y NO TENGO LA RAZÓN



Nuestra especie siempre ha estado enfrentada. Nuestros antepasado sapiens contra los neandertales (ganamos... y los extinguimos). Los cristianos contra los musulmanes. Los católicos contra los protestantes. Los comunistas contra los capitalistas. Los capitalistas de izquierda contra los capitalistas de derecha. Los del Barça contra los del Madrid y los del Betis contra los del Sevilla.


Sin embargo, ahora, en este momento de la vida, me doy cuenta, o me voy dando cuenta, de que no se trata de imponerse, no ya a través de la violencia, sino tampoco por medio de la razón. ¿Por qué he de vencerte yo con mis razones si, seguramente, tus razones son tan razonables como las mías?


Yo soy anticapitalista. Eso quiere decir que no quiero vivir en el modelo social, económico y político en el que vivimos. Quiero un modelo distinto. Pero mi modelo será malo y el tuyo será bueno, o al revés, en función de las preferencias de cada uno. Nos esforzamos, continuamente, e inútilmente, en decirles a los demás "Tú estás equivocado y yo tengo la razón, lo que yo pienso es lo mejor, y por tanto es lo único válido". Y los demás perciben e interpretan, acertadamente, que aquello que estás defendiendo no es La razón, sino Tu verdad, que es la mejor y más válida para ti pero no tiene porque serla para ellos. Y así es.


Quizá, la clave resida en dejar de decir "El mundo debe ser así porque yo tengo La razón" y empezar a decir "Yo quiero que el mundo sea así porque tengo estas prioridades".


Las personas que quieren un sistema capitalista y, más allá, una economía neoliberal, tienen sus propias prioridades: la libertad individual es la prioridad máxima. Las personas que, como yo, preferimos otro modelo, lo hacemos porque muy por encima de la libertad individual priorizamos la igualdad.


¿Y por qué habrían de existir personas, individuos, que priorizan la igualdad (un concepto que atañe al colectivo) frente a la libertad individual? "¡Nada hay más importante que la libertad individual!", pensarán los capitalistas. Piensan así no porque tengan razón o dejen de tenerla, sino por su interés. Su interés reside en que la libertad individual sea lo más sagrado porque si se protege ese interés obtienen otros intereses. Del mismo modo, yo, y como yo, pienso que muchos de los que queremos un modelo no capitalista, tenemos nuestros propios intereses, que resumo en dos:


1. Un interés altruista: priorizamos el bienestar de todos los humanos frente a nuestros propios intereses individuales. Es decir, nuestra prioridad no son los intereses egocéntricos (los que solo me interesan a mí) sino los que repercuten en toda la comunidad, como que se acaben el hambre y la pobreza de todos los seres humanos y el sufrimiento del resto de animales torturados. Y esto solo es posible conseguirlo priorizando la igualdad frente a la libertad individual.


2. Un interés personal: pensamos que en un modelo no capitalista cada uno de nosotros sería más feliz. Porque en un modelo no capitalista se priorizaría la colaboración frente a la competitividad (resultado: menos estrés), y la espiritualidad frente al materialismo, o el ser frente al tener (resultado: mayor fortaleza mental y emocional).


Antes os he dicho que soy anticapitalista. Ahora os digo que también soy psicólogo. Llevo más de veinte años estudiando la felicidad (y la infelicidad). Y estoy observando, junto a otros compañeros científicos como yo (no olvidemos que la psicología es una ciencia que estudia los procesos mentales implicados en la conducta del ser humano), que la venta de psicofármacos crece sin parar, que la demanda de atención psicológica se ha disparado, que los suicidios están aumentando cada día. Es decir, el sufrimiento (y la intolerancia al sufrimiento) se están cotizando cada vez más al alza. Y es probable que el modelo en el que vivimos tenga algo (o bastante) que ver.


Pero... puede que no. Puede que me equivoque. Y ahí reside, posiblemente, el quid de la cuestión: no se trata de vencerte con mis argumentos, sino de convencerte con mis preferencias. ¿Qué prefieres: competitividad o colaboración, materialismo o espiritualidad, libertad individual total o igualdad relativa global aunque esta implique algunas pérdidas de libertades individuales (que ya existen también, por cierto, en el modelo capitalista)?


Yo tengo muy claro cuáles son mis prioridades y preferencias. Y si consigo seducirte con ellas, genial. Y si no, pues mala suerte.


Pero... si un día, si un maldito día, son muchos más, muchos muchos más, los que coinciden con mi modelo que los que compartan el tuyo, entonces, la mala suerte para ti.

domingo, 18 de julio de 2021

A AMANCIO ORTEGA LE IMPORTA UNA MIERDA TU FELICIDAD

 El 5 de julio salió a la venta mi libro, "La dictadura de la felicidad".


Pero no he venido a hablar de mi libro.


Casi.


He venido a hablar de otro tipo de dictadura que padecemos todos, en mayor o menor medida, y que por supuesto afecta a nuestra salud mental y emocional. A nuestra felicidad.


La dictadura del capital.


Porque, si a estas alturas todavía crees que vives en una democracia, siento decirte que NO.


Ni de coña.


Si nos vamos a la definición de la palabra "democracia" según la RAE: "Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes".


Si después de leer esta definición sigues pensando que vivimos en una democracia, je, tiene gracia.


Porque puede que nuestro sistema de gobierno esté basado en una democracia, pero, por cómo se han ido haciendo las cosas a nivel económico desde los años 70-80, la esencia de la democracia se ha perdido tanto que ya, in fact, no podemos hablar de una democracia que se aplique de forma consecuente con los principios democráticos.


Cuando se liberaron los mercados, es decir, cuando los mercados empezaron a emanciparse de las legislaciones de los estados democráticos, la democracia se arruinó, pues cuando bancos, grupos de inversión y multinacionales comenzaron a poder actuar libremente, los intereses que empezaron a dominar el mundo fueron los de estas entidades y no los del pueblo.


Entidades que, además, en la práctica tienen la capacidad de ejercer una influencia mucho mayor que cualquier ciudadano o colectivo de ciudadanos sobre las legislaciones que nos afectan a todos.


Entonces, si los mercados pueden hacer y deshacer a su antojo, independientemente de las elecciones de los ciudadanos, y pueden influir más en las leyes que se creen y apliquen que cualquier ciudadano, ¿en qué posición queda la democracia? ¿En qué posición quedamos nosotros, ciudadanos, pueblo?


En ninguna. No hay democracia, ya solo hay capitalismo. No hay ciudadanos, solo somos productores y consumidores. No importan nuestros derechos, necesidades ni intereses cuando estas se alejan de la cadena mercantil de producción-consumo. Solo importa que produzcas y consumas.


"A Amancio Ortega no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que le compres. 

A Donald Trump no le importa que te sientas feliz; 

lo que quiere es que lo votes. 

A J. P. Morgan Chase no le importa que te sientas feliz;

lo que quiere es que inviertas en él".

La dictadura de la felicidad.


Aquí es donde casan la dictadura del capital con la dictadura de la felicidad. Si tan necesario es que consumas para que se venda y se siga satisfaciendo la producción, los mercados (que son los que mayor capacidad de influencia tienen sobre nuestra forma de vivir en tanto en cuanto mayores posibilidades de hacer y deshacer y de influir en las leyes, y a los que además solo les interesa tu capacidad de producir y consumir) crean, mantienen y refuerza un modelo de vida en el que la prioridad no es ser feliz sino que produzcas y consumas.


Pero, como la motivación del ser humano no es la de producir y consumir, sino la ser feliz, van a hacerte creer que lo que necesitas para ser feliz es producir y consumir. Y cada vez producir más. Y cada vez consumir más. Y cada vez producir más y más. Y cada vez consumir más y más. Y...


Y ante tanta imposición para ser feliz, la felicidad se convierte en una puta dictadura. Una puta dictadura para mantener la dictadura más puta de todas: la del capital.


Por suerte o por desgracia, debido a los avances tecnológicos y a las, cada vez, más amplias desigualdades económicas, la mayoría de los ciudadanos dejaremos de ser imprescindibles para los mercados muy pronto (de hecho, ya está pasando). Así que, a los mercados no solo les importará una mierda tu felicidad. También que sigas vivo.


Puedes informarte más acerca de mi libro aquí. Y puedes comprarlo. Si quieres. Y si no quieres, que le den por culo, no lo compres.


Porque, al final, no saldremos de esta dictadura por oposición... sino por emancipación. Suerte y un abrazo.

domingo, 26 de abril de 2020

ALGO MUY IMPORTANTE QUE NOS ESTÁ ENSEÑANDO LA COVID-19



En mi anterior post, Nos lo merecemos, hablaba sobre un fenómeno que se está manifestando en todo el mundo a raíz de la crisis por la COVID-19: la ayuda por obligación, por decreto. Se nos está obligando a quedarnos en casa y parar nuestras actividades de producción, ingresos y consumo, para ayudar a contagiados y sanitarios frenando la propagación del virus. Y lo estamos haciendo.

En esta nueva entrada quiero profundizar más sobre este concepto de solidaridad forzada porque, como psicólogo, me parece que tiene implicaciones muy relevantes y... esperanzadoras.

En primer lugar, he de decir que las personas tenemos un rasgo de personalidad muy común que es la resistencia al cambio. Teniendo en cuenta las diferencias individuales, hay sujetos que puntuamos más alto en ese rasgo y otros que menos, pero, por lo general, a todos, el cambio nos incomoda. Nos gusta y necesitamos cierta sensación de control que obtenemos en nuestra zona de confort y, cuando salimos de ella, perdemos esa sensación y ello nos provoca emociones difíciles de manejar, como la ansiedad, la frustración o la incertidumbre. Por eso, a veces, nos cuesta tanto desapegarnos de ciertos hábitos y costumbres, incluso aunque poseamos plena consciencia de que son perjudiciales para nosotros mismos.

En segundo lugar, otro rasgo de personalidad bastante común que tenemos los seres humanos es la obediencia. Todos somos más o menos obedientes. También podemos llegar a ser muy desobedientes o rebeldes, pero, dado que somos personas que desde niños aprendemos a obedecer a una autoridad superior (los padres), el rasgo de la obediencia, en mayor o menor medida, está incorporado en nuestra personalidad. Tanto es así que incluso podemos llegar a ser obedientes aunque esa sumisión implique actitudes o conductas que entren en conflicto con los valores de la persona y le provoquen problemas de conciencia, tal y como quedó atestiguado en los experimentos de psicología social sobre la obediencia de Stanley Milgran. Estos experimentos explican, solo en parte, cómo fue posible que se cometieran crímenes tan atroces como los del nazismo. Por obediencia, el ser humano es capaz de lo peor...

... pero seguramente también de lo mejor. Y es que, en tercer lugar, quiero hablar de otro concepto que también mencioné en mi último post: la responsabilidad individual. La obediencia no solo implica acatar las órdenes de alguien a quien otorgamos un rango superior (jefe, agente de policía...) o de una institución (Gobierno, iglesia). También podemos ser obedientes a nosotros mismos, a nuestra conciencia, o como dirían Freud y sus más acérrimos seguidores, al Súper Yo, un concepto psicoanalítico para referirse a la estructura moral de la psique de cada persona y que, en sus tiempos, era definida como las normas convencionales marcadas por la cultura dominante, pero que hoy, gracias al desarrollo de las sociedades democráticas y a la divulgación del conocimiento, podría considerarse como una estructura de valores que puede llegar a diferir bastante entre individuos de una misma sociedad. En definitiva,  hoy día, somos libres para ser obedientes a los valores morales que cada uno de nosotros ha desarrollado. Y eso está bien si esa libertad se ejerce con responsabilidad, responsabilidad individual. Y entraña un grave problema cuando no se hace.

Y, en el mundo, durante mucho tiempo, muchas personas, no estamos siendo lo suficientemente responsables que se debiera, según un tipo de valores morales aceptados mayoritariamente y necesarios para superar problemáticas universales, y para cuya adaptación necesitaríamos superar nuestra resistencia al cambio y... No sabemos. Como sociedad no sabemos ni podemos. Porque nos hemos acomodado demasiado en una zona de confort muy placentera: la de las sociedades democráticas avanzadas.

El desarrollo de la democracia en los distintos países en el último siglo ha dado lugar a un mayor número de libertades en las personas, libertades que nos permiten desarrollar nuestra responsabilidad individual de manera independiente a un sujeto o entidad superior que nos diga en todo momento lo que debemos o no debemos hacer. Pero, la libertad no es un valor que esté exento de censura o restricciones (como estamos viendo en esta crisis). Y para determinar cuánto hay que limitar la libertad se han de tener en cuenta criterios morales que, en realidad, no responden a ideologías políticas, religiosas o de otro tipo, sino a cuestiones de convivencia en grupo (difícil sería la convivencia en una comunidad si se fuera libre para matar, ¿no?). Así, para determinar cuán libres podemos ser sin que nuestra libertad impida un nivel de convivencia aceptable, hemos de ser capaces de valorar la libertad en sus dos sentidos: la libertad de (la libertad de ser libre, de no ser oprimido, de no ser explotado), y la libertad para (¿para desarrollarme como ser libre e independiente, para contribuir a mi comunidad... o para explotarla?).

Desde que existen las democracias y, desde mucho antes, el ser humano, o mejor dicho, muchos seres humanos, y muchas organizaciones (no nos olvidemos que vivimos, en los países desarrollados, en un contexto capitalista en el que la organización adquiere un papel principal) han aprovechado su libertad para enriquecerse, para acumular recursos y capital, para aplacar su sed de ambición, poder y avaricia. Y... nos ha venido muy bien.

Nosotros somos hijos de esos seres humanos. Gracias a ellos, hemos nacido y crecido en lugares del planeta donde el confort ha alcanzado umbrales nunca vistos ni imaginados. El crecimiento económico y tecnológico han sido nuestros padres y nuestra casa ha estado siempre inundada de las mayores comodidades y placeres. Y mientras nuestra prosperidad iba desarrollándose, la explotación de otros muchos lugares en el mundo se seguía ejecutando, las desigualdades iban en aumento, y la pobreza extrema, el hambre y la enfermedad se cebaban con poblaciones enteras, con miles de millones de seres humanos que sienten y padecen. La muerte, que hoy nos impacta, nos mete en casa y hace que nos caguemos vivos (quizá, por ello, lo de las compras masivas de papel higiénico) ha sido y es el fenómeno más natural en ese "otro" mundo.

Y, hoy, la muerte ha llamado a nuestra puerta, y entonces se nos ha dicho que debíamos hacer algo. Más que por nosotros, por nuestros mayores y por nuestros sanitarios. Y, algunos por responsabilidad individual, la mayoría por responsabilidad colectiva, pero a fin de cuentas, porque es un deber, lo hemos hecho. Hemos obedecido.

Esta crisis, como todas las crisis, va a enseñarnos que somos capaces de lo mejor y lo peor. Durante décadas hemos, prácticamente, mirado para otro lado ante el avance inexorable de otras pandemias, como las del hambre y el SIDA en África, la violencia del narcotráfico en Latino América, o las guerras en Asia. Pero es que no podía ser de otra forma. Hemos nacido y crecido en sociedades que nos han dicho que tenemos la libertad de pero no la libertad para. El único deber que tenemos en nuestra sociedad es el de ser productivo, para encajar en el proceso de explotación-producción-consumo sobre el que se sustenta nuestra zona de confort. Somos niños mimados y egoístas porque se nos ha enseñado a serlo. Reconozcámoslo: somos, al fin y al cabo, unos grandes egocéntricos, no por naturaleza, sino por educación.

Y, sin embargo, llega la COVID-19 y nos muestra la cara amable y solidaria del "egocéntrico": ese egocéntrico que se juega la vida en su puesto de trabajo por curar a los enfermos o administrar alimentos a sus vecinos, el egocéntrico que pierde su empleo por salvar a sus mayores, el egocéntrico que se queda en casa y graba vídeos divertidos para animar a los demás. Las muestras de obediencia, de sentido del compromiso y del deber, de solidaridad, de convivencia amable y amorosa, están siendo infinitas. Nunca antes habíamos estado tan lejos los unos de los otros y habíamos sido tan compañeros.



¿Qué, en definitiva, nos está enseñando esta crisis? Que nuestra responsabilidad individual puede ser mejor, mucho mejor, pero que no vamos a desarrollarla en un contexto en el que se nos enseña a ser insolidarios y avariciosos y en el que solo ha de garantizarse la libertad de porque de la libertad para ya me encargaré yo. Si a ti, que te han enseñado solo a mirar por tu ombligo, porque eso es lo que interesa en un sistema de explotación-producción-consumo en el cual valores como el altruismo y la cooperación tienen poca cabida frente a la productividad y la competitividad, ¿para qué vas a usar tu libertad para si no, casi en exclusiva, para tu propio beneficio, por muchos males que acarree eso en otros? Por ello, necesitamos, los pueblos en el mundo, los seres humanos en el mundo, necesitamos que los Estados, que todas las naciones, amparen esa libertad para. Necesitamos más autoridad.

Sí, ya sé a lo que suena esa palabra, a otra mucho más fea: autoritarismo. Suena a fascismo, a nazismo, a comunismo. Suena a Estados despojándote tanto de tu libertad de como de tu libertad para. Suena a opresión. Sin embargo, si bien la autoridad se han empleado en el pasado, precisamente, para fines ideológicos en los que se sometían y violaban los derechos humanos de las personas, ahora, ahora que las sociedades democráticas se han vuelto tan "democráticas" (con tanta libertad de) y que se ha debilitado tanto la libertad para (las responsabilidades individuales) necesitamos Estados con más autoridad para garantizar, no para anular, todo lo contrario, para garantizar que se cumplen efectivamente los derechos humanos en todos los pueblos: derecho a agua, a comida, a vivienda, a trabajo, a salud, a educación, a ocio y cultura... a una vida digna.

La autoridad que yo invoco no es una vuelta a los totalitarismos y a las dictaduras, no. Es una vuelta a poner límites. A ponernos límites, a nosotros mismos, porque nos hemos descontrolados con tanta libertad de y casi nada de libertad para. Somos, por la zona de confort en la que nos hemos desarrollado como individuos, unos enemigos acérrimos de los límites, ya que en cuanto alguien nos los pone, aunque sea para bien propio, no digo ya cuando es para bien colectivo, nos resistimos al cambio que eso provoca en nuestras estructuras mentales. Hemos aprendido demasiado a hacer lo que nos da la gana. Y este mal hábito se ve claramente en muchos niños y adolescentes de hoy, a los que no se les ha puesto límites, y cuyos padres vienen agobiados o amargados a mi consulta porque el hijo se rebela ante cualquier norma que tratan de imponerle y hace lo que quiere, cuando quiere y, encima, se le da todo lo que quiere en cuanto lo pide. Un hijo de puta, ¿verdad? Nosotros, como sociedad, somos ese pequeño hijo de puta.

Estamos, como ese niño, enfermos. Porque no se nos han impuesto los límites necesarios para desarrollarnos como adultos corresponsables en una comunidad en la que todos, como ahora se está viendo, nos necesitamos a todos. Y en la que todos somos válidos, por tanto. No, por tanto no. Por el simple hecho de ser seres humanos, independientemente de lo que aportemos, nuestra vida vale, nuestra vida cuenta, cada vida cuenta. Pero, como somos yonquis del confort (cuando no del dinero y del poder), porque nos hemos habituado demasiado a él desde pequeños, no disponemos, la gran mayoría de nosotros (la sociedad), de la suficiente fuerza de voluntad como para acometer el cambio necesario para ejercer nuestra responsabilidad individual, y por ello necesitamos un Estado que nos ponga límites, porque por nosotros mismos no podemos, no podemos superar solos nuestra enfermedad, nuestro egocentrismo obsesivo compulsivo. Sin embargo, cuando se nos obliga a hacerlo, lo hacemos y sacamos lo mejor de nosotros.

No soy un experto en economía y no sé, exactamente, cuáles son los límites que nos debieran imponer para reducir al mínimo posible el impacto que nuestro modelo de explotación, producción y consumo de recursos tiene sobre otros pueblos, sobre los animales (que recordemos que son seres que sienten y, por tanto, sufren, y que por ello también tienen derechos) y sobre el planeta (es decir, el futuro de los seres humanos). Pero, sin ser experto, simplemente usando mi lógica personal, se me ocurren varias ideas:

- Limitar el número de viajes en avión, tanto los que sean por placer como por trabajo.

- Limitar el número de vehículos particulares por unidad familiar. Alternativas: transporte público, vehículos no contaminantes, andar.

- Limitar el número de hijos por persona. El planeta está súperpoblado.

- Poner un salario mínimo que sea compatible con condiciones de vida digna y un tope de ingresos por persona, para limitar la capacidad de acumulación.

- Limitar el número de viviendas por persona.

- Subir los impuestos a los más ricos.

- Intervenir en los precios, sobre todo de los recursos más necesarios, para que el nivel de ingresos nunca esté por debajo de las necesidades vitales.

- Prohibir a las empresas de alimentación la sobreexplotación y maltrato a los animales.

- Prohibir cualquier actividad empresarial que se lucre vulnerando derechos humanos y de animales, explotando a sus trabajadores o provocando niveles de contaminación no asumibles por la emergencia climática.

- En definitiva, hacer efectivas, a nivel global, todas las imposiciones y prohibiciones necesarias para redistribuir de manera equitativa los recursos y que nadie, en el mundo, se quede atrás.

Como veis, he usado términos que no suelen gustar mucho, porque atentan contra la libertad de: limitar, intervenir, prohibir, imponer... Y lo hago porque no me queda otra, igual que con la COVID-19 no nos ha quedado otra que encerrarnos en nuestras casas y parar la economía. Considero que esta serie de medidas, u otras, son necesarias para hacer que nuestro modelo económico y estilo de vida sean compatibles con la vida, con la salud de todas las personas. ¿Y tú, niño malcriado, hijo de papá, me vas a decir que soy un dictador, por decirte que solo puedes viajar una vez al año, tener dos hijos como mucho o no ganar más de X dinero, a pesar de la irresponsabilidad que tu exceso de producción y consumo pueda suponer por las consecuencias directas que tiene sobre tus semejantes?

¡Pues claro que puedes decírmelo, porque estás, al igual que yo, enfermo! Porque tu responsabilidad individual, como la mía, en una zona de hiperconfort en la cual no resulta necesaria, está bajo mínimos, y porque tu resistencia al cambio no te va a ayudar precisamente a aumentarla. Pero los límites sí. Las sanciones, las multas, la cárcel, la imposición, el sentido del deber, sí. Porque puede que no hayamos aprendido a ser responsables. Pero sí que somos obedientes.

La crisis de la COVID-19 nos ha enseñado que cuando obedecemos a una autoridad tan loable como es el bien común, el ser humanos saca lo mejor que tiene, y los resultados positivos llegan: vidas que estamos salvando, cada día. A pesar de todas las muertes, son muchos más los recuperados, y eso es consecuencia de nuestra obediencia y sumisión a algo más grande que el bienestar individual: el bien de todos.

Estamos salvando vidas porque se nos ha dicho que cada vida cuenta. Que no se nos olvide, cuando termine esta crisis.


domingo, 21 de octubre de 2018

LO QUE MÁS VALE EN EL MUNDO ES EL DINERO



Las personas de la mayoría de los países vivimos en una sociedad en la que el dinero tiene un papel básico.

Eso a priori no tiene por qué ser malo, puede ser incluso un buen sistema: en razón a mi esfuerzo y productividad se me compensa con un dinero que me sirve para acceder a distintos recursos que son limitados.

El dinero en sí no es malo. Ni siquiera el capitalismo en sí es malo.

El problema aparecería si el dinero fuera el valor más alto dentro de nuestra escala de valores. El problema... El problema hace tiempo que ya ha aparecido.

Cada persona puede tener su propia escala de valores. Pero no podemos obviar que la escala personal de cada uno va a estar muy condicionada por la escala social, el pensamiento individual está influenciado por la mentalidad colectiva.

En el sistema económico capitalista, mantenido y fortalecido por las políticas neoliberales que rigen a la mayoría de países ricos, el dinero es el primer valor. Y cuando el dinero se convierte en el valor máximo, por encima de otros valores como la dignidad, la solidaridad, el amor, la tolerancia, el respeto, la felicidad o incluso la propia vida, aparecen consecuencias que no son muy positivas para el desarrollo de las personas y de las comunidades.

Si el dinero es el valor máximo, qué impide que:

- Se puedan invadir países a cambio de petróleo.

- Se puedan vender armas a países que matan población civil indiscriminadamente.

- Se pueda negar la entrada a personas que huyen del hambre y las guerras, porque "nos van a quitar trabajo".

- Se pueda hacer negocio con productos de primera necesidad como la vivienda, la energía o los alimentos básicos.

- Se pueda vender comida con todo tipo de productos químicos que afectan de manera negativa a nuestra salud.

- Se pueda administrar medicamentos que no sanan y que además provocan efectos secundarios y dependencias.

- Se pueda maltratar a un animal hasta la muerte en una plaza de toros, y a muchos animales más en granjas hacinadas, para sobrealimentarnos.

- Se pueda echar a familias de sus casas porque prima el interés de los bancos.

- Se pueda explotar laboralmente a todo tipo de personas de cualquier edad y en cualquier parte del mundo.

- Se pueda permitir que unos pocos en el mundo tengan más que los miles de millones más pobres.

- Se pueda acabar lentamente con el planeta, matando el futuro de nuestros niños.

- Se pueda educar a nuestros hijos para que sean productivos, en lugar de enseñarles a ser felices.

Todo esto pasa hoy en el mundo porque el dinero está por encima de todo.

Podemos revertir el orden de esta escala. ¿Cómo? Revirtiendo nuestra propia escala de valores.

Saliéndonos del guión establecido, superando el modelo mental social dominante. Pensando de manera autónoma y crítica. Libre.

Y actuando con coherencia a nuestra propia escala de valores.

Si para ti el amor, la felicidad, la vida, están por encima del dinero, recuérdatelo muy a menudo, pregúntate si estás viviendo conforme a ello, y si no lo estás haciendo: ENTONCES CAMBIA.

Porque puede que tú no cambies el mundo, pero el mundo sólo cambiará, si tú cambias.

Un abrazo.

lunes, 1 de mayo de 2017

LA DICTADURA DEL CAPITAL

Es increíble. Es increíble y horroroso al mismo tiempo, lo estúpidos que podemos llegar a ser.

El capitalismo es sin lugar a dudas la mayor prueba de lo infinita y trágica que es la estupidez humana.

Hemos generado, o facilitado o mantenido, o bien permitido que generen, faciliten o mantengan, un sistema socio-político-económico que es una gran falla. Y no lo es sólo porque en lugar de erradicar problemas como la pobreza, la desigualdad o el impacto medioambiental, los agraven (por si no fueran motivos suficientes), es también un error porque no da respuesta a la principal pregunta que se hace el ser humano desde que hace poco más de un siglo su esperanza de vida aumentó en décadas gracias a los avances de la medicina: ¿cómo soy feliz?

Desde que vivimos más tiempo, ya no es la supervivencia del individuo, la familia o la sociedad lo que nos preocupa, ahora lo es la felicidad. Y sin embargo, el Sistema Capitalista sigue apoyándose en indicadores económicos como el PIB para medir el crecimiento de las comunidades, en lugar de basar este crecimiento en indicadores psicosociales como la Percepción de Bienestar Subjetivo o la Salud Mental.

El resultado: tenemos gente que está deprimida siendo rica porque creen que eso es la felicidad, gente que es pobre y está deprimida porque son pobres, y gente de clase media que está deprimida porque quieren ser ricos.

Por otra parte, este infame Sistema Capitalista no recompensa el verdadero esfuerzo. Quien lo vea así, se está dejando llevar por el autoengaño. Para quien lo vea así: te han vendido la moto. Pero mucho. Puede haber esfuerzo al principio, sin duda. Hay gente que ha llegado a "lo más alto" (en cuanto a acumulación de riqueza y poder sin duda... ¿pero en cuanto a felicidad?), de la nada, a base de esfuerzo, trabajo, sacrificio, ahorro... al principio. Toda inversión de gotas de sudor y lágrimas tiene su límite, tanto en el coste como en el beneficio.

El Sistema Capitalista recompensa al Capital. Puedes ser pobre, trabajar mucho y ganar algo de dinero, y a partir de ahí hacer un par de inversiones y, si tienes suerte, que te den beneficios, y multiplicar éstos con otro par de inversiones, y coger los beneficios de estas últimas y multiplicarlos con otro par... Y así hasta el infinito. La Gran Maquinaria de Mierda ha empezado a funcionar. Y ese sujeto que en un principio se había esforzado y trabajado, ahora sólo vive de la renta que le dan sus inversiones.

Así se crea la acumulación de riqueza, así se crea la desigualdad, y así se crea un sistema que recompensa al que tiene dinero, al que tiene poder, en lugar de al que trabaja más, o al que más talento tiene o al que más bien aporta a la sociedad y al mundo con su trabajo. Por eso son ricos los usureros y mercaderes (banqueros y empresarios) y no los médicos, profesores, investigadores, poetas o cineastas.

¿Por qué debemos aceptar como premisa que debe ganar más dinero el que más dinero hace? ¿Por qué? ¿No hay otras cosas que hacer más importantes que el dinero? Salvar vidas, educar, entretener, hacer un mundo mejor.

¿Creéis que se puede hacer un mundo mejor dentro de un sistema cuyo índice del crecimiento humano es la riqueza material, y cuyo máximo valor de recompensa es el dinero?

Debería daros vergüenza ser tan estúpidos.

Sólo saldremos de esta Dictadura del Capitalismo cuando entendamos que las crisis ni son cíclicas ni son por tanto crisis, ni son culpa de los políticos, los empresarios, los banqueros, o los votantes...

De las crisis se aprende, se crece. Y nosotros ni hemos aprendido ni hemos crecido. Los trastornos de ansiedad y depresión sí lo están haciendo, al mismo tiempo que crece la desigualdad en un mundo que se nos muere.

Estamos dentro de un Sistema Fallido y es responsabilidad de cada uno de nosotros salirse del Sistema.

Dándole la vuelta a la maldita escala de valores. Que no sean los que más dinero hacen los que más ganen, sino los que más bienestar aportan. Que no sea el dinero la máxima ganancia, sino la felicidad.

Que no sea el dinero lo que mueva el mundo, sino el amor.