"Si luchas, puedes perder. Si no luchas, estás perdido".


domingo, 26 de abril de 2020

ALGO MUY IMPORTANTE QUE NOS ESTÁ ENSEÑANDO LA COVID-19



En mi anterior post, Nos lo merecemos, hablaba sobre un fenómeno que se está manifestando en todo el mundo a raíz de la crisis por la COVID-19: la ayuda por obligación, por decreto. Se nos está obligando a quedarnos en casa y parar nuestras actividades de producción, ingresos y consumo, para ayudar a contagiados y sanitarios frenando la propagación del virus. Y lo estamos haciendo.

En esta nueva entrada quiero profundizar más sobre este concepto de solidaridad forzada porque, como psicólogo, me parece que tiene implicaciones muy relevantes y... esperanzadoras.

En primer lugar, he de decir que las personas tenemos un rasgo de personalidad muy común que es la resistencia al cambio. Teniendo en cuenta las diferencias individuales, hay sujetos que puntuamos más alto en ese rasgo y otros que menos, pero, por lo general, a todos, el cambio nos incomoda. Nos gusta y necesitamos cierta sensación de control que obtenemos en nuestra zona de confort y, cuando salimos de ella, perdemos esa sensación y ello nos provoca emociones difíciles de manejar, como la ansiedad, la frustración o la incertidumbre. Por eso, a veces, nos cuesta tanto desapegarnos de ciertos hábitos y costumbres, incluso aunque poseamos plena consciencia de que son perjudiciales para nosotros mismos.

En segundo lugar, otro rasgo de personalidad bastante común que tenemos los seres humanos es la obediencia. Todos somos más o menos obedientes. También podemos llegar a ser muy desobedientes o rebeldes, pero, dado que somos personas que desde niños aprendemos a obedecer a una autoridad superior (los padres), el rasgo de la obediencia, en mayor o menor medida, está incorporado en nuestra personalidad. Tanto es así que incluso podemos llegar a ser obedientes aunque esa sumisión implique actitudes o conductas que entren en conflicto con los valores de la persona y le provoquen problemas de conciencia, tal y como quedó atestiguado en los experimentos de psicología social sobre la obediencia de Stanley Milgran. Estos experimentos explican, solo en parte, cómo fue posible que se cometieran crímenes tan atroces como los del nazismo. Por obediencia, el ser humano es capaz de lo peor...

... pero seguramente también de lo mejor. Y es que, en tercer lugar, quiero hablar de otro concepto que también mencioné en mi último post: la responsabilidad individual. La obediencia no solo implica acatar las órdenes de alguien a quien otorgamos un rango superior (jefe, agente de policía...) o de una institución (Gobierno, iglesia). También podemos ser obedientes a nosotros mismos, a nuestra conciencia, o como dirían Freud y sus más acérrimos seguidores, al Súper Yo, un concepto psicoanalítico para referirse a la estructura moral de la psique de cada persona y que, en sus tiempos, era definida como las normas convencionales marcadas por la cultura dominante, pero que hoy, gracias al desarrollo de las sociedades democráticas y a la divulgación del conocimiento, podría considerarse como una estructura de valores que puede llegar a diferir bastante entre individuos de una misma sociedad. En definitiva,  hoy día, somos libres para ser obedientes a los valores morales que cada uno de nosotros ha desarrollado. Y eso está bien si esa libertad se ejerce con responsabilidad, responsabilidad individual. Y entraña un grave problema cuando no se hace.

Y, en el mundo, durante mucho tiempo, muchas personas, no estamos siendo lo suficientemente responsables que se debiera, según un tipo de valores morales aceptados mayoritariamente y necesarios para superar problemáticas universales, y para cuya adaptación necesitaríamos superar nuestra resistencia al cambio y... No sabemos. Como sociedad no sabemos ni podemos. Porque nos hemos acomodado demasiado en una zona de confort muy placentera: la de las sociedades democráticas avanzadas.

El desarrollo de la democracia en los distintos países en el último siglo ha dado lugar a un mayor número de libertades en las personas, libertades que nos permiten desarrollar nuestra responsabilidad individual de manera independiente a un sujeto o entidad superior que nos diga en todo momento lo que debemos o no debemos hacer. Pero, la libertad no es un valor que esté exento de censura o restricciones (como estamos viendo en esta crisis). Y para determinar cuánto hay que limitar la libertad se han de tener en cuenta criterios morales que, en realidad, no responden a ideologías políticas, religiosas o de otro tipo, sino a cuestiones de convivencia en grupo (difícil sería la convivencia en una comunidad si se fuera libre para matar, ¿no?). Así, para determinar cuán libres podemos ser sin que nuestra libertad impida un nivel de convivencia aceptable, hemos de ser capaces de valorar la libertad en sus dos sentidos: la libertad de (la libertad de ser libre, de no ser oprimido, de no ser explotado), y la libertad para (¿para desarrollarme como ser libre e independiente, para contribuir a mi comunidad... o para explotarla?).

Desde que existen las democracias y, desde mucho antes, el ser humano, o mejor dicho, muchos seres humanos, y muchas organizaciones (no nos olvidemos que vivimos, en los países desarrollados, en un contexto capitalista en el que la organización adquiere un papel principal) han aprovechado su libertad para enriquecerse, para acumular recursos y capital, para aplacar su sed de ambición, poder y avaricia. Y... nos ha venido muy bien.

Nosotros somos hijos de esos seres humanos. Gracias a ellos, hemos nacido y crecido en lugares del planeta donde el confort ha alcanzado umbrales nunca vistos ni imaginados. El crecimiento económico y tecnológico han sido nuestros padres y nuestra casa ha estado siempre inundada de las mayores comodidades y placeres. Y mientras nuestra prosperidad iba desarrollándose, la explotación de otros muchos lugares en el mundo se seguía ejecutando, las desigualdades iban en aumento, y la pobreza extrema, el hambre y la enfermedad se cebaban con poblaciones enteras, con miles de millones de seres humanos que sienten y padecen. La muerte, que hoy nos impacta, nos mete en casa y hace que nos caguemos vivos (quizá, por ello, lo de las compras masivas de papel higiénico) ha sido y es el fenómeno más natural en ese "otro" mundo.

Y, hoy, la muerte ha llamado a nuestra puerta, y entonces se nos ha dicho que debíamos hacer algo. Más que por nosotros, por nuestros mayores y por nuestros sanitarios. Y, algunos por responsabilidad individual, la mayoría por responsabilidad colectiva, pero a fin de cuentas, porque es un deber, lo hemos hecho. Hemos obedecido.

Esta crisis, como todas las crisis, va a enseñarnos que somos capaces de lo mejor y lo peor. Durante décadas hemos, prácticamente, mirado para otro lado ante el avance inexorable de otras pandemias, como las del hambre y el SIDA en África, la violencia del narcotráfico en Latino América, o las guerras en Asia. Pero es que no podía ser de otra forma. Hemos nacido y crecido en sociedades que nos han dicho que tenemos la libertad de pero no la libertad para. El único deber que tenemos en nuestra sociedad es el de ser productivo, para encajar en el proceso de explotación-producción-consumo sobre el que se sustenta nuestra zona de confort. Somos niños mimados y egoístas porque se nos ha enseñado a serlo. Reconozcámoslo: somos, al fin y al cabo, unos grandes egocéntricos, no por naturaleza, sino por educación.

Y, sin embargo, llega la COVID-19 y nos muestra la cara amable y solidaria del "egocéntrico": ese egocéntrico que se juega la vida en su puesto de trabajo por curar a los enfermos o administrar alimentos a sus vecinos, el egocéntrico que pierde su empleo por salvar a sus mayores, el egocéntrico que se queda en casa y graba vídeos divertidos para animar a los demás. Las muestras de obediencia, de sentido del compromiso y del deber, de solidaridad, de convivencia amable y amorosa, están siendo infinitas. Nunca antes habíamos estado tan lejos los unos de los otros y habíamos sido tan compañeros.



¿Qué, en definitiva, nos está enseñando esta crisis? Que nuestra responsabilidad individual puede ser mejor, mucho mejor, pero que no vamos a desarrollarla en un contexto en el que se nos enseña a ser insolidarios y avariciosos y en el que solo ha de garantizarse la libertad de porque de la libertad para ya me encargaré yo. Si a ti, que te han enseñado solo a mirar por tu ombligo, porque eso es lo que interesa en un sistema de explotación-producción-consumo en el cual valores como el altruismo y la cooperación tienen poca cabida frente a la productividad y la competitividad, ¿para qué vas a usar tu libertad para si no, casi en exclusiva, para tu propio beneficio, por muchos males que acarree eso en otros? Por ello, necesitamos, los pueblos en el mundo, los seres humanos en el mundo, necesitamos que los Estados, que todas las naciones, amparen esa libertad para. Necesitamos más autoridad.

Sí, ya sé a lo que suena esa palabra, a otra mucho más fea: autoritarismo. Suena a fascismo, a nazismo, a comunismo. Suena a Estados despojándote tanto de tu libertad de como de tu libertad para. Suena a opresión. Sin embargo, si bien la autoridad se han empleado en el pasado, precisamente, para fines ideológicos en los que se sometían y violaban los derechos humanos de las personas, ahora, ahora que las sociedades democráticas se han vuelto tan "democráticas" (con tanta libertad de) y que se ha debilitado tanto la libertad para (las responsabilidades individuales) necesitamos Estados con más autoridad para garantizar, no para anular, todo lo contrario, para garantizar que se cumplen efectivamente los derechos humanos en todos los pueblos: derecho a agua, a comida, a vivienda, a trabajo, a salud, a educación, a ocio y cultura... a una vida digna.

La autoridad que yo invoco no es una vuelta a los totalitarismos y a las dictaduras, no. Es una vuelta a poner límites. A ponernos límites, a nosotros mismos, porque nos hemos descontrolados con tanta libertad de y casi nada de libertad para. Somos, por la zona de confort en la que nos hemos desarrollado como individuos, unos enemigos acérrimos de los límites, ya que en cuanto alguien nos los pone, aunque sea para bien propio, no digo ya cuando es para bien colectivo, nos resistimos al cambio que eso provoca en nuestras estructuras mentales. Hemos aprendido demasiado a hacer lo que nos da la gana. Y este mal hábito se ve claramente en muchos niños y adolescentes de hoy, a los que no se les ha puesto límites, y cuyos padres vienen agobiados o amargados a mi consulta porque el hijo se rebela ante cualquier norma que tratan de imponerle y hace lo que quiere, cuando quiere y, encima, se le da todo lo que quiere en cuanto lo pide. Un hijo de puta, ¿verdad? Nosotros, como sociedad, somos ese pequeño hijo de puta.

Estamos, como ese niño, enfermos. Porque no se nos han impuesto los límites necesarios para desarrollarnos como adultos corresponsables en una comunidad en la que todos, como ahora se está viendo, nos necesitamos a todos. Y en la que todos somos válidos, por tanto. No, por tanto no. Por el simple hecho de ser seres humanos, independientemente de lo que aportemos, nuestra vida vale, nuestra vida cuenta, cada vida cuenta. Pero, como somos yonquis del confort (cuando no del dinero y del poder), porque nos hemos habituado demasiado a él desde pequeños, no disponemos, la gran mayoría de nosotros (la sociedad), de la suficiente fuerza de voluntad como para acometer el cambio necesario para ejercer nuestra responsabilidad individual, y por ello necesitamos un Estado que nos ponga límites, porque por nosotros mismos no podemos, no podemos superar solos nuestra enfermedad, nuestro egocentrismo obsesivo compulsivo. Sin embargo, cuando se nos obliga a hacerlo, lo hacemos y sacamos lo mejor de nosotros.

No soy un experto en economía y no sé, exactamente, cuáles son los límites que nos debieran imponer para reducir al mínimo posible el impacto que nuestro modelo de explotación, producción y consumo de recursos tiene sobre otros pueblos, sobre los animales (que recordemos que son seres que sienten y, por tanto, sufren, y que por ello también tienen derechos) y sobre el planeta (es decir, el futuro de los seres humanos). Pero, sin ser experto, simplemente usando mi lógica personal, se me ocurren varias ideas:

- Limitar el número de viajes en avión, tanto los que sean por placer como por trabajo.

- Limitar el número de vehículos particulares por unidad familiar. Alternativas: transporte público, vehículos no contaminantes, andar.

- Limitar el número de hijos por persona. El planeta está súperpoblado.

- Poner un salario mínimo que sea compatible con condiciones de vida digna y un tope de ingresos por persona, para limitar la capacidad de acumulación.

- Limitar el número de viviendas por persona.

- Subir los impuestos a los más ricos.

- Intervenir en los precios, sobre todo de los recursos más necesarios, para que el nivel de ingresos nunca esté por debajo de las necesidades vitales.

- Prohibir a las empresas de alimentación la sobreexplotación y maltrato a los animales.

- Prohibir cualquier actividad empresarial que se lucre vulnerando derechos humanos y de animales, explotando a sus trabajadores o provocando niveles de contaminación no asumibles por la emergencia climática.

- En definitiva, hacer efectivas, a nivel global, todas las imposiciones y prohibiciones necesarias para redistribuir de manera equitativa los recursos y que nadie, en el mundo, se quede atrás.

Como veis, he usado términos que no suelen gustar mucho, porque atentan contra la libertad de: limitar, intervenir, prohibir, imponer... Y lo hago porque no me queda otra, igual que con la COVID-19 no nos ha quedado otra que encerrarnos en nuestras casas y parar la economía. Considero que esta serie de medidas, u otras, son necesarias para hacer que nuestro modelo económico y estilo de vida sean compatibles con la vida, con la salud de todas las personas. ¿Y tú, niño malcriado, hijo de papá, me vas a decir que soy un dictador, por decirte que solo puedes viajar una vez al año, tener dos hijos como mucho o no ganar más de X dinero, a pesar de la irresponsabilidad que tu exceso de producción y consumo pueda suponer por las consecuencias directas que tiene sobre tus semejantes?

¡Pues claro que puedes decírmelo, porque estás, al igual que yo, enfermo! Porque tu responsabilidad individual, como la mía, en una zona de hiperconfort en la cual no resulta necesaria, está bajo mínimos, y porque tu resistencia al cambio no te va a ayudar precisamente a aumentarla. Pero los límites sí. Las sanciones, las multas, la cárcel, la imposición, el sentido del deber, sí. Porque puede que no hayamos aprendido a ser responsables. Pero sí que somos obedientes.

La crisis de la COVID-19 nos ha enseñado que cuando obedecemos a una autoridad tan loable como es el bien común, el ser humanos saca lo mejor que tiene, y los resultados positivos llegan: vidas que estamos salvando, cada día. A pesar de todas las muertes, son muchos más los recuperados, y eso es consecuencia de nuestra obediencia y sumisión a algo más grande que el bienestar individual: el bien de todos.

Estamos salvando vidas porque se nos ha dicho que cada vida cuenta. Que no se nos olvide, cuando termine esta crisis.


domingo, 22 de marzo de 2020

NOS LO MERECEMOS


A día de hoy, 22 de marzo de 2020, la mortalidad global del COVID-19 es del 4,2% sobre los infectados y hay más de 13000 muertes en 160 países con casos detectados.* 

En Italia, país con más muertes, han fallecido ya más de 4825 personas. En China, donde empezó la infección, 3261 muertes. En España, 1326 muertes.

Algunas de las previsiones de muerte más negativas, durante lo que dure la pandemia, antes de que se llegue a administrar una vacuna, son: 1,7 millones de personas en EEUU (si solo se hacen unos esfuerzos mínimos por contenerla) y en España, en el peor de los escenarios, 87000 muertes.

Del 4% global de los que mueren por coronavirus, los que más se mueren son personas de entre 80 y 99 años (20%), seguidos de los que tienen entre 60 y 79 años (11%) y luego hay un gran salto y del grupo de 30 a 59 años muere el 2%. La mayoría de los que mueren, por no decir todos, presenta alguna patología previa.

24000 personas mueren, cada día, de hambre o por causas relacionadas con el hambre en el mundo. 8500 niños mueren por hambre, cada día, y en 2017 más de seis millones de niños menores de quince años murieron por causas prevenibles.

En 2018 fallecieron 1,5 millones de personas por enfermedades relacionadas con la tuberculosis y 770000 personas a causa de enfermedades relacionadas con el SIDA. Alrededor de 650000 personas mueren al año por causas relacionadas con la gripe. Las zonas con más muertes, lógico, son aquellas con menos recursos médicos para atender estas y otras enfermedades.

En España y en otros muchos países afectados por el COVID-19 se han tomado o se van a tomar en los próximos días medidas de confinamiento sin precedentes, que ya están teniendo y van a tener un duro impacto psicológico y económico en la sociedad.

Llegados a este punto, casi puedo imaginarme lo que estás pensando. Atas unas estadísticas con otras y con el título de este post y te dices (me dices) "¿Este hijo de puta acaso está planteando que si lo que estamos haciendo, frenar la actividad económica y encerrarnos durante una cuarentena todo el puto día en casa para, según él, salvar a cuatro viejos, ya que en el mundo se mueren por hambre y enfermedades muchas más personas que las que va a matar este jodido virus, merece la pena?"

Esa pregunta, o alguna parecida, si te la estás haciendo, es totalmente irrelevante. Porque lo que aquí de verdad importa es que, independientemente de que a mí me parezca que merece la pena o no, independientemente de que a ti te parezca que merece la pena o no, independientemente de que a cualquier otro u otra le parezca que merece la pena o no, es decir, independientemente de la responsabilidad individual de cada uno, el Gobierno, ejecutando sus funciones de Estado, nos ha obligado, a todos, a hacerlo, a parar la economía, a meternos en casa, y, la gran mayoría, estamos obedeciendo, hemos acatado esa orden impuesta, para salvar a esos cuatro viejos o a los que hagan falta e, independientemente del impacto psicológico y económico, que va a ser duro, muy duro, lo estamos haciendo, porque hay que hacerlo y porque estamos siendo obligados a hacerlo. Y esto, es muy importante, como veremos después.

La pregunta que sí creo que es relevante y que puede salvar muchas vidas, muchas más vidas que las que vamos a ahorrarle al coronavirus, es: ¿me vais a decir que somos capaces de parar un país, durante dos meses, una medida que es muy traumática, para salvar a miles de personas (recuerdo, peor escenario en España: 87000 muertes), y no somos capaces de cambiar nuestro estilo de vida, de reducir nuestro nivel de producción y consumo, una medida mucho menos traumática, para salvar a cientos de millones en el mundo?

¡Porque sí tiene que ver, sí tiene que ver! La vida del niño que se muere de hambre en África o la de su padre que se muere de SIDA, la del hombre al que matan en una guerra en Asia o la de la mujer que es asesinada en LatinoAmérica, todas esas vidas valen tanto como la del hombre blanco de 80 años que vive en Occidente, ni más ni menos, igual, y todas esas vidas dependen de nuestro modelo económico global, de cuánto producimos, de cuánto compramos, de cuánto más vamos a seguir explotando y acaparando o cuándo vamos a empezar, de una puta vez, a redistribuir los recursos para acabar con pandemias como las hambrunas y las enfermedades que llevan décadas, ¡siglos!, cebándose con las poblaciones más vulnerables del mundo.



Desde las piezas del móvil que usas para conectarte con tus seres queridos hasta la ropa que llevas puesta, pasando por toda la comida que tienes en tu nevera y el papel para limpiarte la mierda del culo que rebosa en tu mueble del baño, todo, todo es resultado de un modelo de producción y consumo que acapara los recursos mundiales en los países ricos después de haberlos explotado en los países pobres. ¡Y esa gente se está muriendo mucho más que por coronavirus, mucho más, joder, cada día! ¿Y valen menos sus vidas? ¿Porque viven más lejos? ¿Porque tienen la piel oscura? 

Si me vas a decir que no merece la pena hacer algo para salvar sus vidas también, entonces, maldita sea, nos lo merecemos. Merecemos que el coronavirus de los cojones se ensañe con nosotros y nos devore. La naturaleza, seguramente, se ha dado cuenta de lo tóxicos que somos para ella como especie y ha dicho "Hay que acabar con ellos". Para el planeta, nosotros somos el virus.

Podrías decirme "Pero, ¿qué me estás pidiendo, exactamente? Con el COVID-19 la relación está clara: si nos quedamos en casa reducimos el riesgo de infección, paramos la propagación del virus. ¿Qué puedo hacer yo frente al hambre, la pobreza y la desigualdad?". 

Exigir que nos obliguen. Igual que han hecho con el coronavirus.

Porque esto no va de hacerse vegano, esto no va de comprar productos ecológicos, esto no va de donar a UNICEF. Esto no va de la responsabilidad de cada uno. Porque todo eso está muy bien, pero no es suficiente. Nos hemos vuelto demasiado individualistas y, por tanto, egoístas. Estamos demasiado acomodados en nuestra zona de confort del plácido y acaudalado mundo occidental. Y, sin embargo... 

Y sin embargo, un día, llega un puto virus para darnos una jodida hostia en la cara y que nos demos cuenta de que tenemos capacidad: capacidad de sacrificio, de compromiso, de solidaridad, de empatía, de pensar en el otro antes que en nosotros mismos, de no salir a la calle no para protegerme a mí sino para protegerte a ti. ¡Increíble! Podemos parar el virus, este y todos los que vengan, y también podemos, claro que podemos, parar la peor pandemia de todas, la de la avaricia. Pero...

Pero no podemos solos. El COVID-19 nos ha demostrado que podemos, pero que nos tienen que obligar. Porque si no se llega a decretar el estado de alarma y a imponer sanciones, la gente estaría yendo todavía a la discoteca. Solo con la responsabilidad de cada uno no lo vamos a conseguir. Quítate esa puta idea de la cabeza de que el mundo va a cambiar si cada uno hace su parte desde su pequeña parcela.  

Porque, esto, de lo que sí va es de ejercitar una acción global conjunta, desde los gobiernos de todos las naciones, para que analicen los motivos y tomen las medidas necesarias para frenar la pandemias históricas y universales de la pobreza y el hambre. Medidas que, seguramente, pasan por reducir nuestro nivel de producción y consumo y, por tanto, de explotación y acaparamiento de los recursos, y así hacer nuestro modelo económico y nuestro estilo de vida compatibles con la vida de cualquier habitante del planeta. ¡Porque no vale menos la vida de un niño somalí que la de un viejo de Málaga!

Hay comida para todos, en el mundo. Hay recursos sanitarios para todos, en el mundo. Hay lugar para todos, en el mundo. Esta crisis del COVID-19 va a poner de manifiesto que podemos hacer un gran sacrificio para salvar la vida de muchas personas de nuestro entorno más cercano. Podemos hacer un sacrificio menor, en nuestro estilo de vida, para salvar a cientos de millones: contaminar menos, no explotar, no acaparar, respetar los derechos humanos y de los animales, redistribuir la riqueza.

Ayudar, como obligación, por decreto. Como estamos haciendo con el coronavirus.

Y si esta crisis nos ayuda, no solo a valorar más las pequeñas cosas, sino también a remover nuestras conciencias, y nuestras entrañas, saldremos fortalecidos de ella.

Si pensabas que este era un escrito para celebrar o relativizar la muerte en occidente, te equivocabas. Esto es un grito desesperado por el cambio. Por el mío, por el tuyo, por el de las naciones. Por el de Todos Nosotros, juntos.

Porque Nos lo merecemos.

David Salinas. Psicólogo, escritor y vecino del mundo.


*Todos los datos numéricos provienen de fuentes fiables que puedes consultar aquí mismo:








domingo, 17 de febrero de 2019

UN SERIO PROBLEMA


Ayer vi "Vice", una de las películas candidatas a los Oscars y que narra la influencia de Dick Cheney, vicepresidente durante el mandato de George Bush, en la decisión de la invasión a Irak por EEUU y posterior nacimiento del Isis.

El punto de partida de la historia es muy interesante y me hizo que pensar: Cheney de joven era un hombre sin estudios universitarios, con un trabajo mediocre y problemas de alcohol. Cuando su mujer le compele a medrar porque no quiere estar al lado de un fracasado, Cheney cambia el chip de tal forma que más adelante consigue meter la cabeza en la Casa Blanca, en un puesto de poca relevancia, y desde ahí, progresivamente ir escalando posiciones, simplemente haciendo lo que se le dice que haga, hasta llegar a la vicepresidencia de los Estados Unidos.

Lo que me llamó tanto la atención de esta historia es la facilidad con la que alguien sin demasiadas dotes intelectuales, y muchas menos morales, puede llegar a ostentar tanto poder (durante la película se muestra que era Cheney quien estaba realmente, en las sombras, al mando del gobierno W Bush). Sin embargo esto no es tan difícil de entender ya que vivimos en un mundo que premia muchísimo más el oportunismo que la inteligencia, la ética o el esfuerzo. Lo cual choca bastante con los principios neoliberales que parten de un modelo en el que el esfuerzo individual ha de ser premiado, como motor del crecimiento de las comunidades. Pero si hasta un idiota como Cheney, y no digamos ya W Bush, pueden llegar a ocupar puestos de tan gran responsabilidad, uno por ser un leal lameculos, el otro por ser el hijo de papi, la pregunta que cabe hacerse es: ¿en manos de qué tipo de personas estamos dejando el motor del mundo?

Por otra parte, la historia de Cheney me sirve para hacer un análisis diferencial entre la personalidad prototípica de las personas de izquierda frente a las de la derecha. Al ser psicólogo, no puedo más que defender la importancia del entorno, sobre todo durante los primeros años de la vida del individuo, en la formación de su carácter, y por tanto de su ética personal. Quede claro que lo que voy a decir a continuación es una sobregeneralización, no se puede medir a todo el mundo por el mismo rasero ya que cada persona vive una experiencia única que le genera una personalidad exclusiva, y sin embargo sí que podemos encontrar muchos rasgos comunes según los grupos de división escogidos.

Pues bien, el carácter diferencial más típico que detecto entre las personas de derechas y de izquierdas es: la empatía. Las personas de izquierdas son más empáticas que las de derechas en tanto en cuanto éstas han sido educadas en un contexto en el que los principales valores son: la competitividad, el trabajo, el esfuerzo, la ambición, el prosperar, el llegar a ser alguien en la vida. Y las personas de izquierdas, en su mayoría pobres o de clase media o de orígenes humildes, han crecido en contextos donde, por necesidad, se transmitían más valores de solidaridad, cooperación y ayuda.

No estoy diciendo que cualquier persona de derechas tenga menos empatía que cualquier persona de izquierdas, ya que eso sería llevar lo particular a lo general, y tampoco estoy diciendo que todas las personas de derechas no sean solidarias, estoy seguro de que muchas lo son, pero también que hay muchas, posiblemente la mayoría, a las que el valor solidaridad no se las ha inculcado como uno de los valores principales en la vida.

Si a mí me enseñan desde pequeño que lo más importante es que estudie mucho y trabaje mucho para ser una persona muy de provecho en la vida, y que eso está antes que el amor, la amistad y la armonía entre los grupos (al fin y al cabo: mi prosperidad individual es más importante que la prosperidad de las comunidades), me orientaré a satisfacer mis necesidades, que además no se corresponderán con las necesidades básicas, sino con "necesidades" de éxito y fortuna, quedando las necesidades de los demás (incluyendo las básicas) muy en segundo plano. Por otra parte, fácilmente tenderé a pensar que si el otro no medra no es por mi culpa, sino porque no se está esforzando lo suficiente.

Al estar tan orientado en mi propio progreso individual (que nada tiene que ver con el crecimiento personal, si no con la acumulación de riqueza y de poder), perderé sensibilidad empática con otras personas simplemente porque "estoy demasiado centrado en lo mío". Efectivamente, la empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro y por lo tanto abandonar, al menos de forma momentánea, mi actitud ególatra, lo cual resulta más complicado de hacer si me han enseñado desde pequeño que YO debo medrar, no a costa de los demás, no pisando a los demás... pero tampoco permitiendo que las necesidades de los demás, se interpongan.

Soy de los que piensa que no existen las buenas y malas personas en el mundo (ni siquiera Dick Cheney sería una mala persona, y os aseguro que tras ver la película os costará mucho coincidir en esa afirmación). Existen los buenos y los malos actos, y todos tenemos la capacidad de acometer buenos y malos actos. Pero si un grupo de personas, por regla general, ha sido educado en un contexto que ha facilitado rasgos egocéntricos y dificultado su desarrollo empático, y además el sistema socio-político-económico favorece que esas personas medren...

... en el mundo tenemos un serio problema.

El 28 de Abril son las elecciones generales en España. No te quedes en casa por favor. Vota.

Un abrazo.

domingo, 21 de octubre de 2018

LO QUE MÁS VALE EN EL MUNDO ES EL DINERO



Las personas de la mayoría de los países vivimos en una sociedad en la que el dinero tiene un papel básico.

Eso a priori no tiene por qué ser malo, puede ser incluso un buen sistema: en razón a mi esfuerzo y productividad se me compensa con un dinero que me sirve para acceder a distintos recursos que son limitados.

El dinero en sí no es malo. Ni siquiera el capitalismo en sí es malo.

El problema aparecería si el dinero fuera el valor más alto dentro de nuestra escala de valores. El problema... El problema hace tiempo que ya ha aparecido.

Cada persona puede tener su propia escala de valores. Pero no podemos obviar que la escala personal de cada uno va a estar muy condicionada por la escala social, el pensamiento individual está influenciado por la mentalidad colectiva.

En el sistema económico capitalista, mantenido y fortalecido por las políticas neoliberales que rigen a la mayoría de países ricos, el dinero es el primer valor. Y cuando el dinero se convierte en el valor máximo, por encima de otros valores como la dignidad, la solidaridad, el amor, la tolerancia, el respeto, la felicidad o incluso la propia vida, aparecen consecuencias que no son muy positivas para el desarrollo de las personas y de las comunidades.

Si el dinero es el valor máximo, qué impide que:

- Se puedan invadir países a cambio de petróleo.

- Se puedan vender armas a países que matan población civil indiscriminadamente.

- Se pueda negar la entrada a personas que huyen del hambre y las guerras, porque "nos van a quitar trabajo".

- Se pueda hacer negocio con productos de primera necesidad como la vivienda, la energía o los alimentos básicos.

- Se pueda vender comida con todo tipo de productos químicos que afectan de manera negativa a nuestra salud.

- Se pueda administrar medicamentos que no sanan y que además provocan efectos secundarios y dependencias.

- Se pueda maltratar a un animal hasta la muerte en una plaza de toros, y a muchos animales más en granjas hacinadas, para sobrealimentarnos.

- Se pueda echar a familias de sus casas porque prima el interés de los bancos.

- Se pueda explotar laboralmente a todo tipo de personas de cualquier edad y en cualquier parte del mundo.

- Se pueda permitir que unos pocos en el mundo tengan más que los miles de millones más pobres.

- Se pueda acabar lentamente con el planeta, matando el futuro de nuestros niños.

- Se pueda educar a nuestros hijos para que sean productivos, en lugar de enseñarles a ser felices.

Todo esto pasa hoy en el mundo porque el dinero está por encima de todo.

Podemos revertir el orden de esta escala. ¿Cómo? Revirtiendo nuestra propia escala de valores.

Saliéndonos del guión establecido, superando el modelo mental social dominante. Pensando de manera autónoma y crítica. Libre.

Y actuando con coherencia a nuestra propia escala de valores.

Si para ti el amor, la felicidad, la vida, están por encima del dinero, recuérdatelo muy a menudo, pregúntate si estás viviendo conforme a ello, y si no lo estás haciendo: ENTONCES CAMBIA.

Porque puede que tú no cambies el mundo, pero el mundo sólo cambiará, si tú cambias.

Un abrazo.

domingo, 27 de mayo de 2018

EL PP LO ESTÁ HACIENDO BIEN



Formé parte del Movimiento 15M desde las acampadas.

Me indigné como nadie cuando el PP ganó las elecciones generales con Mariano Rajoy.

Salí a manifestarme contra la reforma laboral, el rescate a los bancos y la ley mordaza.

Voté a Podemos.

Volví a indignarme (muchísimo) cuando el PP ganó de nuevo las elecciones a pesar de todos los casos de corrupción al descubierto.

Sin embargo, hoy, he de reconocerlo: el PP lo está haciendo bien.

Es más, bien no, lo está haciendo muy bien.

Está dando lo que prometió: nos está sacando de la crisis.

Muy lentamente, pero nos está sacando.

Y lo está haciendo como siempre lo había planeado: convirtiéndonos en un país productivo.

Porque si España se transforma en un país productivo, los inversores se van a fijar en nosotros y eso va a generar puestos de trabajo y hacer que baje el desempleo.

Las estadísticas, sin duda, le dan la razón.

El detalle de que hayamos conseguido ser un país productivo convirtiéndonos en mano de obra barata, bah, no cuenta.

España lidera el ranking de la UE en pobreza laboral, y a nivel mundial sólo es superado por seis países. ¿Sabes quién es el primero? La segunda potencia mundial: China. Si no te lo crees, lee esta noticia

Sí, se puede ser un país rico, muy rico, y tener muchos trabajadores pobres. Y hacia ese modelo vamos.

Hoy, en España se gana menos, se trabaja más, en peores condiciones y con mayor precariedad, y se gasta más: tenemos la luz más alta de Europa, el internet más caro, los alquileres de los pisos desorbitados... 

Pero, ¿sabes qué? Todo eso es bueno. Muy bueno. Porque si cada vez ganamos menos y necesitamos gastar más dinero, también necesitaremos, cada vez, trabajar más y más, mucho más.

Y así es como nos volvemos productivos.

Que tu calidad de vida se vea afectada no importa. 

Échale un vistazo a las estadísticas. El PP lo está haciendo bien, muy bien.

Lo único que cabría preguntarse, tras leer este artículo, es...

¿Y tú... tú cómo lo estás haciendo?...

domingo, 6 de mayo de 2018

SOCIEDAD DE RATAS


Imaginaros por favor la siguiente escena:

- Hola, buenas tardes, estaba buscando piso para alquilar y he visto que usted arrendaba el suyo.

- Así es. Dígame, ¿cuánto puede ofrecerme?

- Pues soy estudiante universitario, aunque trabajo a media jornada para poder pagarme los estudios y recibo una beca de transporte por haberme desplazado desde mi pueblo a la ciudad. Mis ingresos son tanto.

- Yo tengo trabajo estable aunque también varias deudas, entre ellas la hipoteca de este piso. Calculando lo que ganas tú y lo que necesito yo, creo que podrías pagarme tanto. ¿Qué te parece, podrías vivir con este precio?

- Sí, creo que podría, estoy de acuerdo.

O:

- No creo que pudiera, lo que usted necesita sobrepasa lo que yo puedo pagarle. Usted necesita otro comprador y yo otro propietario. Gracias por atenderme.

- De nada, ¡y suerte!

¿POR QUÉ NO SE HACE ASÍ?

En cambio, ¿qué es lo que se hace?

Fulanito acaba de recibir un piso en herencia y decide ponerlo en alquiler. Él piensa que con un precio mensual de 300€ al mes le daría para pagar algunas deudas e incluso le sobraría para llegar un poco más holgado a final de mes. Sin embargo, de repente descubre que su vecino está alquilando su piso por 600€, "¡600€! - se dice Fulanito- Vaya, no sabía que podía sacarle tanto a mi piso, ¡quizá incluso pueda alquilarlo por 700€ si le hago algunos arreglos!".

Fulanito no se pone en el pellejo de muchas personas que quieren alquilar su piso y que seguramente no puedan hacerlo porque ese coste es inasumible. Fulanito no necesita esos 300 o 400€ extras para nada. Lo que Fulanito además no sabe es que el tiro algún día le saldrá por la culata porque estará co-creando una nueva burbuja inmobiliaria que provocará despidos, crisis económica y personas sin alternativa habitacional que se meterán algún día en su piso y lo ocuparán.

Fulanito es un rata, porque está tratando de obtener el máximo beneficio a costa de asfixiar económicamente al prójimo. Y no se da cuenta de que donde está poniendo la soga es en su propio cuello.

Fulanito no es un banco, ni un fondo buitre ni una sociedad inversora... Fulanito es una persona. O más bien una rata. O ni eso, porque hasta las ratas aprenden a salir del laberinto.

Y esta sociedad no aprende, no aprende nunca. Creamos hace nada la burbuja inmobiliaria de las hipotecas, y ahora nos estamos metiendo en la de los alquileres. Estudiantes que tienen que pagar más de 500€ por habitaciones pequeñas, inquilinos a los que les suben el alquiler un 25% de una tacada, familias que están destinando más del 60% de sus ingresos (en el mejor de los casos) sólo al coste de su vivienda. Y detrás de todos esos dramas humanos:

RATAS. Ratas que ponen el valor de las cosas en función de los precios del mercado, para enriquecerse a costa de generar una comunidad cada vez más pobre y desigual, en lugar de poner el valor de las cosas en función de las necesidades de las personas, ayudando a crear una sociedad más humana.

Pues bien, yo soy autónomo... Y pago muchos impuestos. Los autónomos de España pagamos una de las cuotas de autónomos más altas de Europa: casi 300€. Y me estoy cansando de hacerlo. Porque, aunque creo en los impuestos (¿cómo no?, los impuestos son necesarios para sostener los servicios públicos que necesita una comunidad), no me siento bien conmigo mismo por estar ayudando a financiar esta sociedad de ratas. 

Me doy asco a mí mismo. Porque pienso que soy mejor que eso. Soy mejor que ellos. Y pienso que las personas con pensamientos y con sensibilidades comunes, las personas que para nada nos identificamos con aquellas ratas, deberíamos unirnos y crear una sociedad mejor. 

Pero no como se hizo en el 15M, no para tratar de alcanzar una mayoría social a través de gritar y armar jaleo en las calles, no... ¡Nunca vamos a ser mayoría social, porque en una sociedad de ratas, lo que abundan son las ratas!

Unámonos nosotros, los que tenemos conciencia social, los que nos duele que la gente sufra, los que creemos en un mundo más justo e igualitario, unámonos para no ser como las ratas. Y para no financiar su sociedad de ratas.

Unámonos, conozcámonos, apoyémonos... Generemos una red social, una nueva sociedad, minoritaria, pero fuerte, segura de sí misma y de lo que debe hacer.

No hablo de irnos a vivir a comunas hippies, hablo de construir un bloque de unión que, sin enfrentarse directamente a esa sociedad de ratas con la que no nos identificamos ni queremos formar parte, les demos donde más le duele a las ratas:

EL DINERO.

Y si este bloque de unión está formado sólo por 1000 personas en todo el territorio nacional, y de esos 1000 hay 200 autónomos, pues 200 autónomos que el mismo día y a la misma hora deciden dejar de pagar la cuota de autónomos.

Y si de esos 1000 sólo hay 100 personas que viven de alquiler y no pueden llegar a fin de mes por los precios abusivos de los propietarios, 100 inquilinos que de golpe y porrazo deciden dejar de pagar su alquiler.

Y si de esos 1000 sólo hay 30 que forman parte de una gran empresa que a pesar de que obtiene amplios beneficios está explotando o despidiendo a sus trabajadores, los 1000 decidimos dejar de comprar a esa gran empresa.

Pero, ¿te imaginas que en lugar de 1000 llegáramos a ser diez mil? ¿O cien mil? ¿¿¿O un millón??? Seguiríamos siendo una evidente minoría, pero, ¡wo!, seguramente serían muchas cuotas perdidas, muchos alquileres sin pagar, mucho menos dinero en la caja.

¿Vivimos en una sociedad de ratas donde lo que más importa, por encima de las necesidades humanas, por encima de los sentimientos de las personas, es el dinero? Jodámoles el dinero.

Creemos un red social, un frente común en el que no pidamos cambios a los políticos, en el que no pidamos votos. No, así no va a funcionar. Jodámoles la fuente de queso a las ratas y que se mueran de hambre en su maldito laberinto de mediocridad. No tenemos que pedir nada...

... simplemente, dejemos de darles. Porque son ratas, y no se lo merecen.

Que alguien recoja el guante por favor. Gracias, un abrazo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

SOY ANDALUZ Y EMPATIZO CON EL INDEPENDENTISMO CATALÁN

Antes que nada una aclaración importante: empatizar no es apoyar, no es aprobar, no es estar de acuerdo, ni siquiera es simpatizar (una de las acepciones de simpatizar es precisamente "aprobar, apoyar"). Habría varias definiciones del término empatía, pero creo que la que sigue es bastante exacta: "Sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra".

Entiendo cómo se sienten los independentistas catalanes y llego a  conectar de una manera idealista y afectiva en su motivaciones y conductas, hasta el punto de, sí, simpatizar con ellos en algunas de éstas.

Vaya, que a veces yo también me siento un poco independentista.

Para entender este sentir, hay que remontarse al 15 de Mayo de 2011: el 15M. Éste movimiento, del que participé, no tuvo su génesis, como creo que mucha gente malrecuerda hoy, ni en la corrupción, ni en la crisis ni en el alto desempleo. El lema con el que la plataforma Democracia Real Ya llamó a la gente a manifestarse aquél día fue: "¡Democracia Real Ya! No somos mercancías en manos de banqueros y empresarios". Después vinieron las acampadas, las mareas, Podemos... Y aunque todos expresaban muchas demandas distintas y más particulares (fin de la austeridad, medidas más contundentes contra la corrupción, más transparencia, más democracia...), la base, el punto de partida, seguía y sigue hoy estando ahí: recuperar la soberanía popular.

Hay razones de sobra para afirmar con rotundidad que, efectivamente, esa soberanía popular se ha perdido (si es que algún día se obtuvo) y que hoy quienes realmente toman las decisiones que nos afectan a todos, son una minoría: el poder financiero. Los políticos, que deberían trabajar para hacer realidad los intereses de sus respectivos pueblos, priorizan las motivaciones de Bancos, Multinacionales y otros organismos de poder económico, convirtiéndose por ende en marionetas al servicio de estas entidades. Una demostración: recientemente una representante de la ONG Intermón Oxfam declaraba en una entrevista que hay 8 personas que acumulan tanta riqueza como los 3 mil millones de personas más pobres del planeta. ¿Por qué es esto una demostración? Porque en el mundo existen males que la gran mayoría de personas (el pueblo) no quiere que existan, como la pobreza, el hambre, las guerras, la desigualdad... Lo que descubre el dato anterior es que esos males son evitables, pero siguen existiendo porque los recursos están en manos de unos pocos (el poder financiero) cuya voluntad no es combatir esos males sino seguir enriqueciéndose, por tanto: no es la voluntad de los pueblos la que se está materializando, sino la del poder financiero. Por tanto: las instituciones democráticas no están al servicio de los pueblos.

Y eso nos lleva al tema catalán, donde de manera aparente, y sólo aparente, y sorprendente también, los políticos sí están trabajando para hacer efectiva la soberanía popular, y con ello, la voluntad de su pueblo. Digo sólo aparentemente porque la lógica lo desmiente. Las razones que han llevado a los políticos independentistas catalanes a proclamar la independencia unilateral no son verdaderas ni falsas, simplemente no son válidas. Explicaré esto con un silogismo como ejemplo: 

Todos los peces viven en el mar.
Snorkel es un pez.
Por tanto: Snorkel vive en el mar.

Éste es un razonamiento ni verdadero ni falso, sino inválido, ya que parte de una premisa falsa que es "Todos los peces viven en el mar" (hay peces que viven en lagos, en ríos, en peceras...) y a partir de esa premisa falsa simplemente no podemos deducir dónde vive Snorkel. Pues bien: los independentistas parten de la premisa de que se votó el 1-O y esa votación reflejó la voluntad popular, y eso es inválido, porque esa votación fue anulada por el Constitucional y hubo muchos no independentistas, muchos "noes", que nos salieron a votar ese día y que precisamente a través de no salir a votar ese día estaban manifestando su voluntad popular: no quiero la independencia y ni siquiera acepto esta votación sobre la independencia. Por supuesto, no podemos deducir ni que sean más los "sí que los "no" ni lo contrario, simplemente la votación de 1-O no demuestra nada, no es válida, y desde entonces, sin embargo, el independentismo ha seguido su hoja de ruta como un tren fuera de control que no iba a llegar a ninguna parte.

Pero, PERO, no obstante, si seguimos la lógica del independentismo (y aquí es donde hago un ejercicio de empatía), si nos ponemos en su lugar y partimos de dar por buena una premisa que en realidad es falsa y que es que el 1-O se demostró que la mayoría de los catalanes quieren la independencia, observamos un hecho muy poco frecuente en las "democracias" actuales, y que es: políticos partiéndose la cara por hacer cumplir la voluntad popular (insisto en que esto es inválido desde el punto de vista lógico, pero ellos lo ven y lo sienten así porque parten de una lógica equivocada). Los políticos independentistas no están trabajando para cumplir con intereses partidistas, particulares o provenientes del poder financiero (todo lo contrario más bien viendo la cantidad de empresas que se han ido de Cataluña), sino por hacer cumplir lo que ellos creen que es la voluntad de su pueblo, y lo están haciendo hasta tal punto de ir a la cárcel por ello.

ESO ES LO QUE YO QUIERO

No políticos que se partan la cara por mí, sino gente que se parta la cara por la gente. Personas que despierten sus conciencias de una vez y actúen, con la finalidad de lograr que las decisiones que nos afectan a todos, las tomemos entre todos. 

Y hay una forma de hacerlo y es, ahora sí, simpatizando, y por tanto apoyando, a Unidos Podemos. Y antes de dejar de leer porque piensas que este artículo se acaba de convertir en un panfleto electoralista que te está diciendo a quién debes votar, permíteme por favor acabar exponiendo mi lógica de por qué recuperar la soberanía popular pasa por Unidos Podemos. Después, una vez que acabe, podrás seguir pensando como quieras y actuando como desees. Pero déjame explicarte, de una manera racional, por qué mi post se ha convertido de repente en un "panfleto electoralista":

Podemos es producto del 15M, nace con muchas personas que participaron de ese movimiento y con un objetivo idéntico a la manifestación del 15 de Mayo de 2011: recuperar las instituciones y ponerlas al servicio de la gente, es decir: recuperar la soberanía popular. Después sí que es verdad que, gracias también en gran parte a los medios de comunicación en ocasiones, en otras gracias a la propia torpeza de los políticos de Podemos (son humanos y se equivocan como cualquiera), nos hemos perdido en cuestiones menores: que si Pablo Iglesias o Errejón, que si Venezuela, que si el PP, que si la corrupción, que si el independentismo..., pero pregúntale a cualquier miembro de Podemos y te dirá que este punto de partida (y de fin trayecto) sigue estando ahí como una prioridad absoluta: recuperar la soberanía popular. Y para ejemplo un botón: Podemos ha declarado, mil veces y mil veces más, y ha acompañado sus declaraciones con actos (votaciones) que no está a favor de la independencia sino del derecho a decidir. Soberanía Popular.

Pues bien, si pusiéramos a los cuatro representantes de los grandes partidos en España (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos), los otros tres que no son Podemos, no voy a hablar ya de que no estuvieran a favor de derecho a decidir en Cataluña sobre la independencia porque tendrían un buen argumento: que también deberían votar el resto de españoles (y es un buen argumento, pero discutible, y sería entrar en otro debate más largo), sino que lo que me interesa poner en relevancia es que ninguno de esos tres partidos hablaría de recuperar la soberanía popular, ni en Cataluña, ni en Andalucía, ni en toda España, porque dentro de su lógica (o quizá más bien: empujados por sus motivaciones) no es cierto que no exista la soberanía popular. Dejar que las mayorías sociales, y no la minoría de las élites financieras, sean quienes realmente decidan sobre las cuestiones que afectan a estas mayorías, no entra ni siquiera en la agenda de estos partidos. Esto sólo está hoy en la agenda de un partido político (al menos entre los que tienen posibilidades de estar en el Congreso), y ése es Unidos Podemos.

Yo quiero partirme la cara por recuperar el control decisional respecto a las cuestiones colectivas en mi vida, y quiero gente que se parta la cara por hacer lo mismo. Pero ni siquiera hace falta eso. No hace falta partirse la cara, no hace faltar declarar la República Independiente de Nosotros Mismos e ir a la cárcel por ello.

Lo único que hace falta es darle la libertad de decidir a la gente para que sea la gente quien decida.

Decide.